Alguna vez hemos estado alineados

Todos nos hemos sentido alineados alguna vez. En una fila. En un trabajo. En un gusto. Una expectativa. Todos y alguna vez. En el mismo lugar. En el mismo tiempo. Sintiéndonos realizados con sonrisas desencajadas y miradas conciliadoras, con un deje romántico y cómplice. Pensamos en el individualismo, cayendo en el mismo laberinto monocromo de axiomas que nuestros semejantes construyeron.

Tristes y enajenados, habitamos en una persistencia vacua y delimitada. Pensamos con libertad, pereciendo entre desesperación y amargura. Pensamos en encierro siendo absorbidos por un pozo sin fondo de conformismo adornado con brillantes y azulados neones mientras lloramos en silencio nuestra más implícita mediocridad. Justificándonos como cobardes y culpando a terceros de nuestra desgracia.

Alguna vez todos nos hemos sentido alineados. Escrutando los callejones vacíos, andando como almas inexistentes entre la masificación, crucificando el buen haber y hacer de la masa ingente. Bajo un neón que muestra los desvaríos de una especie hambrienta encerrada como perros enrabietados en una fortificación edificada sobre la misma desesperanza y ambición que los alimenta.

Eso es. Todos nos hemos sentido alineados. En los atardeceres amurallados. En los fogonazos de un arma. En esos momentos, soy un algo y a la vez nada en absoluto, preguntándome cuál era la razón de mi esencia. Un porqué desdibujado en bares y antros repletos de aumentados demacrados y tóxicos humanos. Templos en los que buscaba ese porqué con un antecedente enfrascado en una botella de vodka y en la borrachera inducida por el perfume de las alcantarillas. Por qué. Pregunté en varias ocasiones a diferentes gentes. Por qué.

Pero nadie me supo responder. Agachaban la cabeza con hastío y se dirigían a ninguna parte con sus ropajes ondeando al son de un viento cargado de fina y dulce descomposición. Me interné en el Sector 1. Un lugar maravilloso y utópico. Hurgué sus entrañas y fui expulsada por mi impronta y acrecentada curiosidad. Después de mi exilio, desistí un tiempo, hasta que la vi.

Todos nos hemos sentido alguna vez alineados y ella es el mayor ejemplo que se me ocurre. Un tiempo, en el que era humano, simple y puro. Otro en el que era una máquina, aumentado. Un asesino por encargo. Ella también lo era y me insultaba. Lo hacía porque éramos iguales. Dos almas gemelas unidas por un infausto destino. Dos gotas de agua en un mar de lágrimas broncíneas.

Cuando nos conocimos fuimos dos armatostes reconfigurados recién salidos de una clínica. A ambos nos gustaba matar. Asesinar a todo aquél que nos ordenaban. Nos gustaba y disfrutábamos. Me hizo replantearme en varias ocasiones este tipo de similitudes. Amábamos lo mismo. Mismo origen. Mismo modus operandi. Mismas órdenes. Mismo método.

Pero ella era diferente. Recta y exacta. Y yo la amaba. La adoraba porque era el asesino que yo mismo esperaba. Un aumentado puro cuyo objetivo era desparramar sangre escondida entre las brumas eléctricas y marmóreos amaneceres, con máquinas y humanistas persiguiéndola entre el entramado perfecto y rígido de los Sectores. Una sombra que, desaparecida, resucitaba, olvidaba su nombre y se desvanecía en una noche persa. Éra era ella. Una perfecta alineada. Me burlaba de mi propia incredulidad, pero lo cierto es que esa botella seguía sin estar vacía por la normalidad que me adormecía.

Junto a ella llegué a extremos insospechados. Inigualable, extravagante, emprendedora. Me encantaba. Cada vez quería gastar y gastar más tiempo a su lado. Ser uno con su esencia. Percibir todos y cada uno de sus aumentos y fundirme en sus circuitos a la vez que rechazábamos el tiempo en el que fuimos humanos, orgánicos y sentimentales.

Sentimentales, como esta noche que me mantiene embelesado, que me obliga a recordar todos estos sentimientos que una vez tuve. Aumentados y enamorados. Dos autómatas enlazados por su propia alineación. Eso éramos. Cables y circuitos entristecidos bajo una capa de epidermis sintética. Máquinas, éramos máquinas, y por ello, hallé mi muerte.

Las máquinas y los humanos sienten. Razonan y se alinean, se justifican ante sus superiores y no pueden parar de cerciorarse del éxito y del fracaso. Las máquinas se sienten atraídas hacia unos códigos y algoritmos y los humanos hacia la carne. Entonces, no puedo evitar cuestionarme cuál era la diferencia entre un humano y una máquina. Y casi siempre lo comprendo.

Cuando caí a lo más inocuo y hondo del Sector 7, lo entendí. Supo por primera vez un porqué. Suspendido a kilómetros de altura, con el árido y desnudo suelo del Sector 7 expandiéndose en una planicie inconmensurable, averigüé el único porqué de mi existencia. Las máquinas son calculadoras y frías, no tienen instinto. Un instinto que me condenó lanzándome a una nada inhabitable y muda.

No sé si todo esto que pienso es cierto o no. A lo mejor es una estratagema de mi decrépita mente que me induce a repetir en bucle toda nuestra vida. Nuestra alineación. La fusión de nuestros yos. A veces pienso que lo hizo sin querer, que estaba llorando en lo alto de la cornisa mientras una contingente de guardias la apuntaban con láseres xenón. Llorando desalmada mi pérdida, mi caída. A veces pienso que en realidad no soy más que un mero humano estúpido y que los aumentados no somos más que una ilusión pasajera. A veces pienso que todos nos hemos sentido alineados alguna vez.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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