A-CB01

Las anfetas se distribuían con fluidez. La música tronaba retumbando sus decibelios por las paredes de yeso. El ambiente estaba animado. Dos tíos se pegaban, desangrándose, coreados por otros puestos hasta las cejas. Varios billetes ondeaban en sus temblorosas manos. Una introspectiva.

La habitación se convirtió en un torbellino de exceso psicotrópico. El espacio-tiempo dio paso a un marco atemporal de éxtasis aterciopelado. Un vórtice purpúreo y el probó a levantarse. Casi se clavó una aguja en la pierna. Mareado. Las sombras distorsionaban sus formas, trastocando la materia. Un buen ambiente. Los Ángeles Caídos Babilónicos siempre sabían cómo montarla.

En la mesa de la cocina había dispuestas pistolas, ametralladoras, cargadores varios que se agrupaban sin sentido. En la nevera una cerveza se escondía tímida en el fondo.

—Vamos…

Tres tragos y la otra mitad derramada por el suelo. Gemidos rebotaban in crescendo desde puntos inexactos. Mary. La hija del jefe.

—Qué suerte…

Trastabilló en un sorbo de ebriedad. La melodía continuaba perpetrando sus acordes sin mensaje entre la multitud. Pérdidas tomaban parte en su memoria. Dejarse seducir por una oscuridad envolvente como los altavoces, como los alaridos de los pandilleros que se hacían pasar por sus amigos. El miedo a aparecer acuchillado a reaparecer y a la negación fue sustraído por la embriaguez de los músicos sintéticos. Si moría ahí no le importaría. Viviría más feliz así.

Nunca halló su razón de ser ni su existencia. La Ciudad asesinó a sus padres obligándolo a subsistir entre contenedores y sobras enmohecidas. Como militante de los A-CB01 su deber era enfrentarse contra las leyes formales en un mundo salvaje. Nunca le gustó filosofar ni reflexionar sobre nada en concreto, pero a diferencia de sus compañeros, él lo vislumbraba. Vislumbraba lo que Ellos eran incapaces siquiera de imaginarse. Desde hacía años, un pensamiento encadenado a una cadena de sucesos trascendentales le hacía enflaquecer con la visión de las Torres lumínicas, los Ramales y las arterias de una Ciudad que se alzaba entre las nieblas como el Reino Oscuro de las historias de fantasía barata.

Él era consciente de la sensación de ser un diminuto mecanismo. Un trozo de metal insertado en la conglomeración ominosa y magnánima del reloj vital de la Ciudad. La casualidad no existía. Un si condicional no suponía el desfiladero entre una vida acotada o una muerte fugaz. La predestinación. Si mañana moría, la Ciudad así lo requería. ¿Y quién era él? Si moría tendido en una calle sin nombre, la Ciudad así lo requería. Si vivía por el mero hecho de ser un peón al servicio de las afrentas callejeras, ésa era su voluntad. Se recostó contra el endurecido suelo.

—La Ciudad. Siempre tan imparcial…

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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