059

—059.

Un tipo corpulento se levantó. Su armadura policial resaltaba su prominencia muscular y sus facciones esculpidas.

—060.

Nadie respondió.

—¿Dónde demonios está 060?

059 desvió el curso de su mirada hacia el curtido instructor aumentado. 060 había huido. Huido para jamás regresar.

—Hoy no está de servicio —contestó con la mejor intención posible.

El basto oficial maldijo en todas direcciones, sobrecogiendo a los halógenos suspendidos del techo.

—Maldita sea. Habrá que contactar con 061 —presionó su intercomunicador auditivo—. ¿Paulo? —se giró siendo cercado por las sombras—. 060 no está disponible. Es pretérito que avises inmediatamente a 061, ¿me has entendido?

Un hilillo barítono resonó contra su tímpano. El oficial retornó a su posición ensombrecido por el repentino cese de su efectivo. Visiblemente descontento.

—Hijo de puta. Cuando más lo necesitamos resulta que está en la puta Ciudad perdido en algún callejón de mala muerte. Hay que joderse.

060 había sido un buen soldado. Obediente e indulgente en cada operación; delicado y perfeccionista hasta extremos inhumanos. Un buen tío. Lo conoció en una redada en el Sector 6 hacía cuatro meses. Lo fascinó. En detrimento de la dureza de una vida servicial bajo los mandatos de ancianos generales y comandantes mecanizados sin rostro, barracones grises e impersonales, miles de caras ausentes y sombrías, pruebas mortales, tensiones constantes y presiones capaces de inducir al suicidio, él siempre estaba sonriente. Inocente. Como si todas las fortalezas de hormigón armado en las que vivían fueran rectángulos improvisados e hilados en un mundo aislado de sueños aletargados… La penuria, la disciplina, el dolor, la docilidad… Todo le era indiferente.

—Oye —el instructor golpeó uno de sus brazos aumentados—. ¡Despierta joder! ¿Me has escuchado? —059 inclinó la cabeza—. Te lo volveré a explicar por última vez. Así que abre tus putos oídos atentamente.

Se tensó.

—Bien. El edificio es un bloque de apartamentos perteneciente a un grupo de frikazos religiosos. Está situado en el edificio número 7. Sector 5. Una furgoneta dejará a 061 y a ti en la entrada de los aparcamientos. A partir de ahí, el resto depende de vosotros. Vuestro equipamiento está compuesto de ametralladoras, granadas, C4, pistolas y cargadores varios. También dispondréis de silenciadores. No podemos permitir que todo el Sector 5 se nos eche encima. Una operación rápida y silenciosa. Asesinadlos a todos. No puede quedar ni uno. Una vez asesinados, capturad al jefe, un tal Rakel Coi. Según nuestras fuentes y espías, posee diversos contactos en todos los sectores de la Ciudad, ya sabes: drogas, armamento, más formal y no tan a lo grande como en el Sector 6 y el salvajismo del Sector 7. 061 te está esperando en la puerta. Está todo en el coche. Deja de mirar el suelo y márchate de una jodida vez.

#Entrada:56//Códice/5.3.Y.2

El aerodeslizador se desplazaba siseante por las calles. En su asiento, se ajustó los conectores sintéticos de la armadura.

—30 minutos. —el piloto anunció.

061 recargaba las pistolas abstraído por sus propios movimientos automatizados. Sin emociones, sin sentimientos. Una máquina. Siempre que se cruzaba con él se preguntaba qué había más allá de 061, más allá de sus tres simples dígitos. Incluso si él mismo era incapaz de averiguar en qué se había convertido. O mejor, en qué lo habían convertido. Un hormigueo se propagó por la base de su cráneo. Hubo una época en la que una vez poseyó un nombre. Puede que hasta una familia. Puede que una vida… Pero no eran nada más que recuerdos lánguidos y difusos que se manifestaban intermitentemente en sus peores ensoñaciones. Nunca recordaba porqué se había alistado… Nunca recordaba nada relativo a su vida pasada, sólo un título: Sector 7.

—15 minutos.

Sector 7 y nada más. Sector 7 y nada más… Se sentía tan impotente. Tan muerto como los fiambres que agolpaban su lista de bajas. Mercancía prescindible, un número entre una multitud inconsciente de su personalidad. Una herramienta. Un arma al servicio de la Ciudad.

—10 minutos.

Se sentía tan arrinconado. Podría procurar escapar. Escabullirse entre las laberínticas fortalezas, regresar al Sector 7 y buscar Aquello. No tenía la más remota idea de lo que era, pero debía localizarlo. Aunque… si la buena suerte escaseaba, seguramente lo detendrían y lo eliminarían.

—5 minutos.

061 se irguió con la pistola en posición. 059 permaneció sentado. Si no lo intentaba…

—¿Por qué estás sentado…

Si era tan arrojado para matar a quemarropa a un grupo de fanáticos, igualmente lo sería para jugárselo todo e ir a toda hostia al Sector 7, el más peligroso, abandonado e insumiso de todos los que conformaban la arquitectura hermosamente fúnebre de la Ciudad.

—1 minuto.

Se colgó el rifle y enfundó la pistola. Trazar un minucioso plan no iba a ser sencillo.

—Hemos llegado. Levanta.

Obedeció. La puerta deslizante desapareció en su umbral levantando un vaho plomizo. Trotaron a la penumbra del sótano.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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