Un escritor enclenque

Decadencia. Sólo es un estado desenfrenado de la sensibilidad del alma.

Escritor enclenque.

Su corazón es un laúd suspendido que resuena cuando alguien lo tañe.

«La sensibilidad de la decadencia es la manifestación de un frenesí tan cándido como puede ser la expresión de un éxtasis religioso. La posesión inducida es lábil y fatal. Sientes rezumar una insana alegría que forja líneas preñadas de desesperación, de desapego, de un cariño trémulo que serpentea por la mente como un jinete apocalíptico, como un ser innombrable que con su azote libera los fuegos internos de las esferas espaciales que se entrechocan, chirrían y gritan en la mudez de un vacío henchido de pletórico sentimiento. Un vacío donde el espíritu, soporte de la inquietud final del Decadente, habita inexistente rebuscando un fatum infiel.»

—Anotaciones sobre la Decadencia, Gerald Dürden.

Martes, 13 de febrero de 1969.

El capitán nos ha mostrado su satisfacción con nuestra forma de proceder durante la tormenta de la jornada anterior. El cargamento permanece intacto y seguimos rumbo. Todavía quedan restos de la tormenta en el cielo, roto por los últimos nubarrones y el mar seguía dando algún que otro coletazo. La verdad que estoy reventado; estar todo un día sin dormir pasa factura a cualquiera, aunque estoy deseando llegar a casa y reunirme contigo, querida Clara.

Sin embargo, ahora mi mente está distraída, pues escribo esto apresuradamente al haber avistado un barco a la distancia; tras enviar las señales correspondientes e intentar comunicarnos por radio sin éxito, el capitán procedió a observarlo con prismáticos… y se veía muy descuidado, lo que me pareció muy raro. Debido a la normativa de navegación estamos obligados a prestar auxilio en estos casos, de modo que todos hemos ido a prepararnos para proceder a abordar el barco. Es por esto que no he podido acostarme para echar un sueñecito. ¡Si es que es martes y 13! ¿Qué más podría salir mal? ¡El capitán nos llama! Estamos ya muy cerca del misterioso barco. Cuando volvamos te contaré las novedades.

—¿Qué le ha parecido, señor? —Engarfió sus dedos sobre la delicada tela de sus pantalones descoloridos hasta formar tenues surcos, dunas microscópicas comprimidas y expandidas según los designios de una voluntad compungida. —¿Cree que podrá aceptarlo? Por favor…— Las dunas se contrajeron en un compás arrítmico instigado por el deslizar de unos dedos descarnados por insistentes mordidas. Un detalle nimio. Resultón para comprender el nerviosismo de la famélica silueta aposentada sobre una roída silla de madera.

—Bueno… —Un fornido y barbudo hombrecillo se recolocó las gafas sobre un aguileño puente por decimonovena vez consecutiva en 20 minutos de insustancial palabrería. Las deslizó en línea ascendente como la esperanza en ignición del escritor enclenque. —El planteamiento aparenta ser interesante, joven. Para haber superado el concurso de microrrelatos y haber ganado después de escribir en cinco minutos un fragmento cohesionado… No está mal. Las faltas ortográficas tiran hacia atrás. Pero estoy seguro que tras ellas se esconde un argumento que puede llegar a ser atractivo para la masa de lectores. —Una prolongada exhalación. Infinitud. La luz desprendida por la lámpara del escritorio titilaba en un vano propósito de enmudecer el tamborileo de los dedos del escritor enclenque. —El planteamiento parece interesante. A partir de aquí, sacar una novela de viajes en barco, ficción histórica… Bueno, podría ser remotamente interesante en caso de que usted formara una historia con gancho y consistente. ¿Sabe a lo que me refiero?

—Lo sé de sobra, caballero. Y, en serio, una oportunidad solo pido. —Sus manos se extendieron sobre el reducido espacio de sus muslos. Tensas como las sogas de la vela mayor henchida por las ráfagas del Oriente.

Las manos del editor yacían adormecidas sobre la superficie de caoba pulida. Dispuestas a ambos lados de su manifiesto como si fueran guardianes del Valhalla, aguardando sempiternos frente a las puertas de acero. Sus muertos dedos estaban cubiertos por una atmósfera tan etérea como los pensamientos incongruentes del escritor enclenque.

Embotado, abotargado por las revoluciones de un ventilador de techo y crispado por la cerrazón continuada a la que era sometido, el aire se tornaba cenagoso y líquido según las respiraciones entrecortadas surgidas de unos pulmones sanos y otros estigmatizados por el tabaco. Unas rendijas amarillentas empotradas contra la ventana constituían la única fuente de armonía terrena capaz de alterar favorablemente semejante réprobo cubículo. Un entierro, un velatorio. La muerte era el paradigma sin margen que retocaba ducha los trazos de una estampa digna del mejor de los relieves sepulcrales.

El editor se recostó sobre su mullido asiento y un cigarrillo nuevo se posicionó firme sobre sus hinchados labios. Sus negros ojos como la pez analizaban la vidriada observancia de un escritor enclenque anclado sobre el asiento, demente por hallar el menor resquicio de entendimiento y acuerdo.

—Vamos a empezar desde el principio, joven. Repítame, ¿cuál es el trasfondo último y la idea general que quiere mostrar? —Los ojillos del hipocondríaco señor Valdemar flotaron abstraídos atraídos por las pliegues de la camisa de aquel potencial mecenas editorial.

Su devenir era una incertidumbre tan fiera como la Santísima Trinidad. Una palabra, un rubor, una mueca. Describir en tinta la realidad palpable. Encadenar palabras era tan sencillo, tan recurrente y azaroso. Lo intrincado era traspasar las fronteras de la carne para tejer un discurso de significante preciso que expusiese menudamente lo que su airada mente trinaba.

—Había pensado… pensado… pensado en individualidad, señor. Sí, individualidad, pero no en el sentido costumbrista y prosaico. Una individualidad profunda, inexplorada por filosofía humana. Una que dibujase lo recóndito y rechazado, lo demostrado y escondido. Lo instintivo e irracional. Lo humano y lo inhumano. No una historia de héroes ni villanos. No. La historia de la erudición de un hombre en un mundo que lo oprime bárbaro y pugna por amedrentar su ego. ¿Típico? Verá, señor, poca gente se atreve a relatar en prosa lo que siente por miedo a la negación y la marginación. Y yo quiero atreverme, a través de esta historia. —Las porcinas comisuras del editor se torcieron en una anodina y desaprensiva gesticulación colmada de impaciencia. El barroquismo era inefectivo ante el cortante y romo temperamento del incompetente necio. —Esta novela es muy importante para mí. Me gustaría poner todo mi esfuerzo en ella.

—Argumento.

—Cuenta la historia de un marinero natural de España pero de padres y nombre extranjeros en travesía hacia las Filipinas en un Galeón de Malina. Comerciar con la seda que posteriormente será llevada a las Américas y de allí directa a España, hacia los dominios de Su Majestad don Felipe II. El marinero regresaría a España con ese viaje y se quedaría en las costas de Andalucía hasta que decide partir en un nuevo barco. En ese nuevo galeón, de nuevo en su camino hacia las Américas, será atacado por los pérfidos hijos de Albión que lo harán prisionero. De tal forma que, con tal mala suerte, no le quedará otro remedio que convertirse en uno de ellos para poder sobrevivir en el fragor de la más incorregible hostilidad, que pone sus últimas potencias en sumirlo en el calvario del olvido y la muerte por el anquilosamiento espiritual.

—Ajá, continué. —Los efluvios solares trastocaron su escala cromática. Rememoraban a una suerte de rojizo intenso. Brillante, como la máscara que solamente la Muerte Roja portaría en un fastuoso baile de disfraces.

—La relación que ese marinero mantiene con los piratas británicos podría ser atípica, enfocada desde un punto de vista interiorizado en una serie de axiomas éticos y morales referidos a una concepción de lo decante como máxima expresión de las íntimas inquietudes humanas. Hasta ahora, los productos sobre este tema han estado versados en la vía de lo utópico y fantástico, basándose en simplistas arquetipos derivados de un romanticismo decimonónico exacerbado. Me gustaría romper con esos esquemas, desgranar esa República de tópicos y renovar el género consecuente y conscientemente. Y con ello, hacer valer mi destreza y mi valía como erudito de la magna idea. ¿Me comprende? ¡He estado durante años esperando esta oportunidad de brillar, brillar como la Osa Mayor posada sobre los hombros del Gran Sagitario en su camino por la Vía Láctea! ¡Explorar por mí mismo y poner el Universo y la Verdad en palabras, en simples palabra mortales! ¡Pues todopoderoso he de ser, fui y soy!

Cierto es, escrito enclenque, que la mayor parte de tu soliloquio fue una profecía silenciada por la mirada irreverente de un editor fumador que devolvió a su lugar el escrito que tú le habías elaborado ansiosamente. Oh, pobre alma dantesca, lastrada por el escarnio refinado de un pedazo de conformismo parlante. ¿Pensaste acaso que aceptaría la dulce vesania expelida de las neuronas de un pobretón incapaz de remendar por sí mismo unos pantalones monocromáticos? ¿Acaso crees que tu palabra y conciencia se erigen preciadas en un mundo donde el hormigón brilla como un neón burlesco en un entramado urbano concebido como la prisión-fortaleza de la ilusión creada y refrendada como hálito de vida del cuerpo inerte?

Pobre de ti que ahora te arrastras fuera del edificio como una rata correteando por el interior de las paredes. Insecto ardiente el tuyo que renace consumiendo tu sustancia. Pobre escritor enclenque que se observa en los espejos convexos de un mundo de luz y sombra donde sólo caben dos alternativas: barras o estrellas. Y las estrellas son colgadas en el cielo por el mismo sentimiento inhibido de felicidad positivista, materialismo y afán de masificación que tanto desprecio y asco te prodigan. Pobre escritor condenado a morir en un callejón enfrente de la puerta de su casa. Penoso, saliendo del edificio editorial como un alma en pena.

—Una última cosa, ¿por qué la fecha es 19XX si está ambientada en el siglo XVII?

—Ah, eso. Discúlpeme, un mero error tipográfico. En realidad la fecha es 16XX.

No. No podemos aceptar algo así. Mucha suerte con el siguiente.

¿Te sientes infravalorado? No, señor, sí señor; me siento frustrado, incapacitado por la adversidad de la idiocia que me disminuye por menos de cero hasta hacer de mí un ente orwelliano. ¿Frustración es lo único que sientes, escritor enclenque? Añoro el amor. Especulaba con abrazar la decadencia del mundo que me repudia sirviéndome de sus entresijos y mecanismos. ¡Quería sobresalir como el superhombre sobrevenido del ocaso que ha destrozado el mortuorio cimento que pisa y ha transgredido las barreras de la inconsciente obediencia nacida del dogma señorial!

—¿No habría posibilidad alguna de aceptarme, caballero? —Sus dedos se retorcían como erráticas serpientes imbuidas de una pecaminosa gula. Muerto en vida como Usher, un cuervo lo oteaba posado en lo alto de la cornisa del bloque de enfrente. Como un relieve de Fidias, esculpido con la más agraciada pureza y armonía, ese ave milenaria se integraba dentro de la anormal aurora mística de los apartamentos. Escrutándolo rigurosamente desde su posición privilegiada.

Nunca más.

Graznó a las embotadas brumas.

Nunca más.

Repitió él.  Repetí yo.

Nunca más.

¿Acaso ése era el filón del abismo? ¿El epicentro de la nada? ¿Mi última oportunidad? ¿O sólo un óbice transitorio en una vida frenética? Loco me vuelvo al redondear esta cuestión, señor; como un loco estoy, señora. Roto por dentro y sentado en un banco, una vez salido del Purgatorio para adentrarme en el Infierno ante el amparo de una Luna ecuánime.

—No estoy seguro de que fuera suficientemente comercial, buen escritor. La idea es buena, pero no lo suficientemente atrayente para el… el lector medio. Espero que sea consciente que la gente no quiere una complejizarían excesiva en lo que consumen. Simple e industrial. Un producto de usar y tirar sencillo de digerir que no aspire a la trascendencia. Es lo que vende y la clave del éxito, ¿comprende? Tanto usted como yo queremos que las ganancias sean pingües y no le falte de nada, ¿verdad? Queremos que venda mientras es reconocido por su trabajo. Pero, francamente, cosas así no son un buen peldaño por el que subir como carta de presentación, ¿entiende? Y esta obra, bueno, está muy bien como un relato corto que hacer en una tarde y compartir, pero no para vender a las grandes masas, ¿sabe?

Si Pickman hubiera perfilado mi retrato en este aciago momento, una maldición superior habría caído sobre su hogar y sobre sí mismo, pues los gules son meros gnomos comparados con mi terrorífica estampa. Si me hubiera visto, habría huido y llamado rápidamente a la policía. Vaya ahora que su oportunidad es gustosa, encontrándome postrado en un banco decrépito a merced del Tiempo y el Accidente. Arrullado por la noche, en mis horas más bajas, me recrimino y sollozo en la más pestilente de las anomias.

Nunca fui un erudito de las Letras ni de las Matemáticas puras, pero seguro estoy que en el interior humano existen varios estados y yo heme enfilado en el considerado como duelo. Pues en un duelo combato. Una extraña dualidad consagrada entre lo dionisíaco que es el valor de la vida auténtica y el resurgir de las cenizas, y lo apolíneo que me incita a desmerecer mi poco seso y proseguir el camino de la boyante rectitud a costa de una conciencia perfilada y demacrada, encaramada en un balcón desde el que observa el planeta como una tercera persona; pues el narrador omnisciente de su destino es un dictador presuntuoso y misericordioso que con tacto evita todo dolor en favor del hedonismo. ¿Primera o tercera? Explíqueme, señor, cuál sentir he de profesar.

Nada más que desesperación, joven escritor enclenque, nada más que abrasiva desesperación que relama tus huesos hasta penetrar en los tuétanos, absorbiendo todo aquello que te hizo una vez persona. Permite que la espada de Damocles aplique justicia divina sobre tu umbrío porvenir, que enrevesado está en un intermedio que no es ni material ni extraterrenal. Percibes lo que tus atenuados sentidos mortales atinan a captar, mas tu mente desatina con el procesamiento de la sensación y formación del sentimiento. Muerto en vida estás, tan sólo quedándote fenecer en esencia. Joven indolente, tu estado del alma es genuinamente deplorable. Así que, ¿qué te ata a la civilización que tanto te anula ignominiosamente? ¿Acaso esperanza? ¿En ese cercenado y agrietado caparazón todavía queda cupo para la hipócrita esperanza?

Quizás sea así, cuervo. Quizás esté perdido en una marejada de cavilaciones incoherentes originadas por un revés en mi vida tan abrupto. Pero, ¿esto acaso no es un preludio? Fiel a mis ideales, estoy dispuesto a sacrificarme y escribir con sangre lo dictado anteriormente. Aunque, está claro, que tal cosa es imposible de tramitar sino es para uno mismo. ¿He de ceder, cuervo? ¿He de ceder en una metamorfosis que mancille mi conciencia y dé lugar a una sombra, a una ceniza andante de movimiento oscilante en un mundo inmutable? Indeciso estoy. Tan desaprensivo con el entorno y desmoralizado, que ni una lágrima de soslayo se atreve a derramarse por mi pétrea faz.

El cuervo, como una réplica retórica, extendió las alas y voló. Voló a ninguna parte. El escritor enclenque vio en ese movimiento la más majestuosa muestra de qué debería haber sido pero jamás aspiró a ser. Un cuervo, libre, negro como la noche persa, arremetiendo con su batir contra la civilización a la vez que recibía los envites de sus congéneres. Semper fidelis a una causa perdida que conllevaba como pilares intrínsecos la soledad y la desavenencia. La perfidia. ¿Ésa era su meta?

—¿Podría mandar más escritos? Sé que puedo hacerlo. Puedo cambiar de género si desea. Ciencia ficción, thriller. Puedo hacer cosas infinitamente más comerciales. Pero, desde la óptica que le he detallado.

El editor se regodeó con la última calada al cigarrillo a punto de extinguirse. Su cabeza, contorneada por una gris y macilenta luz, trastocaba su aureola con un ladeo de izquierda a derecha. Un signo universal no inadvertido por el pobre escritor enclenque.

Aprisionado por las sombras ignotas de un callejón erosionado por ventiscas malolientes prendadas de humo y vapores tóxicos; resaltado en las penumbras por una Luna que cantaba en griego la tragedia de un ser tan patético, andaba bamboleándose. Balanceándose como el péndulo encima del dramático pozo. Perdido ante la tempestad.

—Mire, sé que le haría mucha ilusión que le aceptáramos ésta o cualquier otra. Pero, el problema no es su ambición y tampoco sus ideas, sino el enfoque. Llevo más de 40 años en este negocio y le puedo asegurar que algo tan barroco, tan pedante, tan recargado y tan sumamente intrincado es imposible de vender y mucho menos que la gran masa lo disfrute y sienta el placer estético clavándose a fuego en sus retinas. No se lo tome a mal, pero en serio, si de verdad pretende ser alguien con algo como eso y encima vender y alcanzar reputación, va por mal camino. Señor, estamos en el siglo XXI, no en el XIX. Debería acomodarse un poco más a lo que el público exige y no a lo que usted quiere exigir al lector. Así que lo siento, no puedo aceptar esto. Compruebo que es testarudo e insistente, pero no, lo siento mucho. No podemos. Tenemos que comer al igual que usted, y esto tiene más riesgo que unas inversiones mal efectuadas. Si de verdad quiere triunfar en el mundo, cambie de registro y demuestre que vale escribiendo, yo que sé, sobre la amistad, sobre el amor. Ya sabe, ese tipo de cosas que tanto se han puesto de moda y que a todo el mundo le atrae porque son fáciles de tragar sin demasiados esfuerzos. También son fáciles de olvidar, pero si se da suficiente publicidad hará que esos lectores recuerden su novela con gran nostalgia. Seguramente no se la volverán a leer, pero una compra es una compra. Lo demás, es secundario. Oh, venga, no me mire así. Es la pura realidad del negocio y usted no me lo va a negar. ¿Estoy generalizando? Es lo bueno de ellas, que algo de verdad contienen y a veces se acierta, como en las leyendas. ¿No me diga que es la centésima vez que un editor como yo le dice lo mismo? Vaya, hombre, pues si cien personas le han dicho lo mismo es por algo, ¿no cree? Bueno, sólo le puedo decir que tenga mucha suerte con sus futuros proyectos y que se aplique lo comentado y ya verá como todo le irá mucho mejor. Buena suerte y hasta siempre.

¿Qué haces, escritor enclenque, tumbado en el sofá como un borracho trasnochado? ¿Eso es lo que da de sí toda tu genialidad e ignífugas pretensiones? Quiero que la mortaja me cubra. ¿Acaso crees que el talento y el librepensamiento son recompensados en la Edad de Bronce? Hombre de bronce, ése soy yo. Aunque encuentres a un ser que deposite en ti un mínimo de afecto, el sarcófago que te cubre es perpetuo e irrompible. ¿Qué te mantiene? ¿El remordimiento de conciencia o tu afán de sobresalir? Había sido la individualidad. No plegarme ante nadie que no sea mi consciencia, señor, pues a usted le pongo por testigo que juré no arrollidarme ante la banalidad, la simplicidad y el deshonor del hombre moderno, esclavo y decaído que sueña con mansiones de oro plastificado en una infantil ensoñación reproducida por una cadena de televisión. Mi aspiración era ser único y plasmarlo con ardor espartano en mi manifiesto.

Tu injerencia es elocuente. Tu tenacidad sorprendente. ¿Crees que quien es testigo de esta atípica situación te estima como un fracasado? ¿Eres tan ingenio? Que el juez piense de mí lo que quiera. Que confiese la estupidez efímera que ha sido mi persistencia. Adelante. Estoy provisto de armadura y con una intención que poco a poco se esclarece como una traviesa musa.

¿Qué es aquello que te aguarda tras el telón, escritor enclenque? Tantas oportunidades fallidas. Tanto dinero perdido. Tantos sueños rotos. Tantas esperanzas nubladas y puertas cerradas. Dime, dime, dime, dime. ¿Qué es? ¿Sobre qué figura se posa el foco principal? La muerte. ¿La muerte, escritor enclenque? ¿No sería más benigno cejar en tu empeño y rehabilitarte? ¿Entrar de lleno en un mundo feliz? No… No. ¡No! La muerte antes. La Humanidad a la que pertenezco no quiere aceptarme en su Olimpo de dotados y sobrehumanos. No sé si existirán otros egos descarriados como el mío, porque en mi círculo son tan transparentes e invisibles como mi apego por la supervivencia. ¿Lo intentarás de nuevo? ¿Has llegado al anochecer? Esperé cruzar el ocaso y hacer el amor en el atardecer de los eones. Esperé. Esperé… ¿Qué te queda? Mi futuro se ha esfumado como un ladrón en la noche y nada más se sabrá de mí salvo el esperpento que se encuentren en este lóbrego apartamento afianzado como un parásito en este entramado compacto. Lo intenté y fallé. ¿Qué harás? Dejarme arrastrar por la laguna Estigia. Habitar en mi propia quimera.

Afianzó sus músculos sobre el sillón de su escritorio. Encendió una lámpara. Las tinieblas se escindieron por la luz y el reino de aquel que acecha en el umbral se contagió de una jovialidad insaciable. Y escribió. Agarró una pluma con la diestra y escribió. No hay obstinación más pura que el acto de la inventiva. Sentir como un calidoscopio intangible gira y gira como las estrellas errabundas del firmamento. Un mundo de las ideas imperfecto donde el compás del bolígrafo rezumante de tinta acoge la Creación como Hacedor. Una nueva historia. Un párrafo, dos, tres, cuatro. No existen los guiones, ni las tramas, ni las ataduras. Pura libertad y tu cerebro restalla de fervor indómito.

Desatado, el escritor enclenque fue capaz de adormecer la inocua formalidad y renacer la intransigencia latente. En un folio en blanco. Cuando su inspiración se le aparecía y follaba intensamente con él en un romance tan distante e irreal como la pluma que sostenía.

Rumbo al Shangri-La, el escritor enclenque, fracasado, inútil e incompetente fue absuelto de su pena máxima, arrastrado por sus seductoras pesadillas, por los súcubos que se arrastraban por sus sábanas en sus instantes de pesadumbre cuando los cielos se precipitaban primorosos sobre su cabeza. ¿Son las quimeras la salvación del escritor enclenque? Si es así, él quería vivir eternamente con ellas. Quería formar parte de ellas. Integral, como una prolongación de su entelequia, exigía trascender. Trascender. Trascender. Trascender. Trascender. Trascender. Trascender. Trascender.

¿Lloras, escritor enclenque, lloras desconsoladamente en un lugar como ése y en una postura como ésa? Lloro de alegría señor por haber discernido la respuesta. La desdicha es mi sino; asumida, sólo en el descaecimiento la paz me encumbrará. Para ello, he de partir. He de partir ¿Partir adónde? Pregunté sorprendido. Partir.

Martes, 13 de febrero de 16XX.

El mar del levante rugía desde estribor con unas ganas embriagadoras para ser esta época del año. Estas brisas solo me hacen rememorar las tierras marmóreas de mi amada España, a la que tantas canciones se le dedican en este Galeón de Manila procedentes de las exóticas Filipinas, un paraíso resplandeciente que el mismo Felipe II bautizó con la grandeza de su nombre. ¡Grande España! ¡Cuánto te echo de menos!

Hace un mes que no sé nada de mi amada Carla. Espero que en Sevilla esté bien y con buena salud. No querría que su merced fuera contagiada y yo llegase con mal pesar y la sorpresa del entierro en cuanto pusiese un pie en las doradas costas. ¡Qué mal rayo me parta cuando pienso en tales sacrilegios!

Martes, 13 de febrero de 2XXX.

Hallado el cadáver de un hombre de apenas treinta años en su apartamento. Todas las investigaciones apuntan a un suicido que se efectuó con el bolígrafo que el mismo hombre portaba en su mano derecha, usado para penetrar su tráquea y fallecer asfixiado.

Sobre nosotros Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.
  • Lau A.

    ufff no puedo con los textos tan recargados :