Era el año 1999. El mundo estaba a punto de autodestruirse en una vorágine tecnológica y Resident Evil lo estaba petando bien fuerte en el panorama de los Survival Horror inaugurado por aquel antiquísimo y lovecraftiano Alone in The Dark; tan fuerte, que a pesar de su intro cutre de cojones y planteamiento de peli porno, no tenía rival que le hiciera frente y más con su secuela Resident Evil 2 que elevó a la enésima potencia todo lo mostrado por su antecesor. (Aunque en mi opinión Resident Evil Code Verónica X es muy superior al anteriormente citado y lo lleva a un mundo diametralmente distinto al del resto de juegos.)

Y en esa situación de final de milenio en la que los zombis y el terror corporativo se imponían, una molona Konami decidió llevar adelante un proyecto, uno que cambiaría completamente el concepto de videojuego de terror y Survival Horror, uno que suspuestamente competiría con la obra magna de Shinji Mikami pero no lo conseguiría. ¿Por qué? Porque Silent hill pertenece a una dimensión a la que Resident Evil jamás podrá aspirar. Una dimensión de cultos, sacrificos, subconscientes, infiernos personales, abominaciones en todo el sentido extenso de la palabra, historias personales intrincadas, silencio opresor, locura y simbolismos que un Resident Evil nunca podrá aspirar porque escapa completamente a su concepto, a su forma de tratar el terror, la ambientación, la música…

En definitiva: Resident Evil y Silent Hill proceden de mundos completamente antagónicos imposibles de entremezclar, anacrónicos, y esto lo demostró Konami en aquel 1999 con el que sería la apertura de este hórrido y neblinoso paraíso: Silent Hill. Y el encargado de llevar a término semejante proyecto fue el añorado Team Silent cuyos integrantes más destacables (según Wikipedia) fueron: Keiichiro Toyama, Hiroyuki Owaku, Akihiro Imamura, Masahiro Ito, Suguru Murakoshi (Silent Hill 2), Takayoshi Sato, Masashi Tsuboyama, Kazuhide Nakazawa y el incombustible e inmortal Akira Yamaoka.

A la derecha Masahiro Ito, el de la camiseta naranja es Akira Yamaoka, los otros dos no sé muy bien quienes son, si alguien lo sabe que lo ponga en los comentarios.

Fueron los grandes hacedores no sólo de este videojuego sino de una saga completa hasta Silent Hill 4 The Room, momento en el que el Team Silent se disolvería definitivamente, aunque Akira Yamaoka continuaría fiel con sus melodías unos cuantos juegos más. Pero no es el momento de hablar ni de equipos, ni de historias empresariales, ni del pozo sin fondo al que se dirige la saga en línea recta (aunque Resident Evil ya aguarda en el interior de ese pozo desde hace algunos años, esperándole.)

Esperándote…

No. Aquí se viene a hablar de lo verdaderamente importante: Silent Hill en su conjunto y lo que representa y evoca para mí, que por algo es mi blog. Y como lo hago en conjunto tendré que hacer alusión a ciertos aspectos técnicos y sucedáneos. Y al ser la primera entrada y haber calentado motores con su intachable banda sonora y una breve introducción para ponernos en situación, es el turno de Silent Hill (1). Un juego impresionable, macabro, decrépito, que te hace sentir asco de lo que estás viendo, escatológico. Un juego que representa el infierno en sí mismo, concretamente el de una chica llamada Alessa Gillespie.


Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.