Opus #2

 

—¿Cuánto hace que sus señales vitales decrecieron en el área?

—Hace cuatro horas, 27 minutos, 17 segundos.

—¿Qué piensan hacer con él?

—No lo sé, pero espero que se den prisa.

Dos autómatas humanoides se observaron largamente antes de retomar el rumbo por la pronunciada rampa, camino de la centralita de Administración Central de las Intramurallas para atender sus labores. Consternados por su infrutuosa búsqueda, sus sensores térmicos y vitales se fueron apagando progresivamente hasta relucir como una estática plana en una conexión silenciada por varios programas ejecutados en jerarquía. Silenciados, como su fallido objetivo.

Habían sido asignados a una anodina misión, no suficientemente buena para ellos. Cómo podrían hacer valer sus habilidades si sus superiores no paraban de infravalorar sus dotes anclándolos a un montón de papeleo disperso y búsquedas fallidas de aquellos trabajadores que se atrevían a acceder a la Matriz principal de la Ciudad, con el cometido insulso de mostrar al mundo su deplorable situación; encerrados de por vida en lo más profundo del sistemas intestinal de las Intramurallas, de la Ciudad. Aislados, en la más absoluta negación y soledad. Trabajando como peones en unos espacios ajenos que los manipulaban según su endiosada voluntad. Vilipendiados. Humillados en un reino de máquinas en la espina dorsal de la bestia transhumana.

En el cenit de la elevación, P.F., el más avispado y larguirucho de los dos, echó un último vistazo a la explanada umbría de la llanura metalizada en la que se alzaban como dólmenes unas cajas que representaban lo más reciente en alimentación interna nuclear. Luces verdes, amarillentas y el zumbido intermitente del plutonio entrado en la fase crítica de su fusión crepitaban en un ambiente obsceno para cualquier humano. Perfecto, equilibrado, armonioso para ellos.

—¿Algún problema?

P.F. reabrió sus sensores. Había detectado un indicio, humano, haces rojizos que se colaban en su visor integrado. Rojizos, anaranjados. Pulsantes. Una pulsación. Sus sistemas fueron reactivados en un nanosegundo y la máquina rehízo la travesía en pos de la fuente emanante de tantas alteraciones métricas. Barriendo con su distante mirada cada espacio y rescoldo escondido entre tuberías, condensadores y motores primordiales enganchados por venas a las paredes cavernosas de la sala, avistó la insurgencia.

Alertado, extrajo su pistola de su compartimento interno, ubicado en su costado, y, con una seña, avisó a su amigo. P.N. obró semejante descubriendo una ametralladora de pesado calibre. Ambos vigías, con la precisión de una serpiente y la sinuosidad de un leopardo, se adentraron por vez segunda en las artificiales brumas. Anduvieron amortiguando cada pisada con los difusores de sonido que cubrían sus piernas y las plantas de sus pies. P.F. percibía por ondas que su proximidad al intruso era exigua.

P.N., advertido por su propia maquinaria, se replegó a su izquierda, apostándose de un mudo salto en lo alto de uno de los cubos de hormigón. Apuntó con su mirilla láser un bulto negro como la pez, una protuberancia, una anomalía imprevista. P.F., el más diplomático, descendió el cañón de su pistola para tratar de entrar en contacto con la masa multiforme y anegada de imprecisiones que había adoptado la apariencia de un bulto rocoso o comprimido. Desprendió la plancha de acero que dificultaba su paso y enfocó sus broncíneos ojos en el ser. Tapado por una manta de nailon deshilada en los bordes, un charco de líquido rojizo y viscoso relamía sus extremos. Con su estilizada mano, agarró el extremo inferior izquierdo de su cubrición y la deslizó suavemente. P.N. descorrió el seguro automático y apuntó.

Cuando hubo finalizado de desquitar la máscara del ser corpóreo, se sobresaltó al ver que lo yaciente era una mujer aumentada. Todavía viva. Con un escáner, determinó un informe excelsamente detallado sobre la identidad de la humana convaleciente. Sus constantes eran mínimas. No era una amenaza.

P.F. se posicionó detrás de su amigo. P.N. se desplazó a la altura de la cabeza de la aumentada. Giró su rostro cubierto por una mata de pelo cobriza. Una endurecida y carmesí calavera, de desprendida piel, destacaba arrullada por el manto de los vapores atómicos. P.F. tiró instintivamente la cabeza por asco. Se limpió las manos contra el titanio de sus piernas. Asquerosos. Un agravio contra el buen gusto.

La cabeza de la mujer cayó de nuevo al suelo con un golpe sordo. Su boca se abrió, tensando unos tendones inexistentes y unos dientes limpiados por la contaminación inducida por el Uranio y el Plutonio. P.N. disparó una sola vez. Las señales de la desgraciada se consumieron en una onda infrasonora.

—Gracias.

Fallecida definitivamente, P.N. oteó curioso la trayectoria de la descomposición padecida por el fiambre de la mujer. Según sus cálculos, atendiendo a más de un  trillón de variables posiblemente asociadas e interconectadas por nexos hipotéticos comprobados empíricamente por millones de ejecutores que recorrían su mente a la velocidad de la luz, excediendo cualquier capacidad intelectiva humana potenciada y de primitiva máquina; la mujer había sido expuesta a las estrellas pulverizadoras del interior de algunos de los motores nucleares. Resultaba una tesis colmada de obviedad, pero un mundo donde existían y compraban armas y herramientas capaces de desprender los órganos internos de su carcasa terrena con sólo accionar un gatillo.

Por algún motivo intrínseco a la mente humana, debió de haber abierto las compuertas de seguridad, liberando parcialmente una supernova tan potente capaz de destruir la Ciudad por el resto de la eternidad. Al menos, sus elementos habitables y orgánicos. P.F. le quitó la ropa a la mujer para analizar el grado de daños superficiales. Como era habitual, sus órganos estaban mustios e inoperativos. Su frágil y primitivo cerebro se había prácticamente volatilizado, hasta el extremo de que sería imposible recabar una muestra viable en laboratorio que proyectase el último pensamiento de la mujer antes de acabar de tal manera.

—¿Quién la habrá tapado?

—No lo sé.

“Liz. Empleada de mantenimiento de los niveles inferiores. 27 años. Grupo sanguíneo O+. RH-. Identificador de ciudadano XXXXX. Chip ensamblado el 17-08-2XXX. Testi psicológico: desfavorables: continuas desobediencias con la autoridad, conatos de rebeldía intermedios y desequilibrios mentales ocasionados por sensaciones intermitentes de angustia y pesar. En tratamiento.”

El torso de la mujer estaba igual de enrojecido que su cráneo, con la piel rezumando a tiras de su coraza natural. Los rayos γ la habían atravesado, ensartados como finas lanzas lumínicas, desintegrando sus átomos.

—¿Qué hacemos con ella? No podemos dejarla aquí.

—Lo sé. Habrá que llevar sus restos a las centrales de tratamiento de deshechos para que la incinere.

—¿Por qué no la tiramos a uno de los motores y nos olvidamos?

P.F. reflexionó un segundo. Menos de un segundo. Los segundos eran el lastre de los humanos y de los terminales de hacía siglos.

—Está bien. Ve al panel de control y asegura que los núcleos se mantienen estables mientras abro la cámara. Tota, nadie nos va a echar la bronca.

P.N. asintió y trotó hacia uno de los paneles. P.F. acogió entre sus brazos al cadáver de la mujer que una vez retozó en vida en las neónicas llanuras de aluminio y acero de las Intramurallas. Posando sus huesos y desmembrados músculos, atenuó la marcha al principio, aguardando a que su compañero desbloquease los portones del infierno científico retenido por unas cárceles de hormigón reforzado.

Tan parsimoniosamente, que el romanticismo afloró de sus cables y conectores. Como un romántico del XIX, atrapaba en sus fuertes y vigorosos brazos a la mujer simbólica de unos Seres hacedores y quizás extinguidos. Como una especie de profeta,  él era muy dado a la religiosidad y el interés por la conceptualización prosaica e ilusionista humana, portaba la antorcha olímpica de la rendición, la ofensa al principio del alma que impulsa la Naturaleza. Pena, compasión, sus códigos sentimentales conformaron un barullo inclemente en su cerebro. Incapaz de comprender cómo alguien podía terciar una vida de una manera tan indecorosa, tan poco dada a la dignidad. Deplorable.

Las compuertas ascendieron hacia el cielo de su umbral. Cientos de llamas, cientos de clamores y coros fueron expelidos a los márgenes de su clausura, abrazando la cubierta de P.F. Se detuvo ante ellas. De reojo, su compañero equilibró el desorden primordial. P.F. cogió a la mujer de los hombros y lo situó delante de él, extendida como una terminal.

Detestable. La materia orgánica ardía ante el yugo de la radiación, insoportable para el aumentado y el humano medio orgánico. No para él. Un ser humano automatizado. La material de la que estaba compuesto como ser natural sobrepasaba las especulaciones aristotélicas de lo inanimado y lo imperturbable. Concebido para soportar las Eras Oscuras.

—¿Algún problema, amigo?

La postura de P.F. era irrisoria. Con un fiambre calcinado sostenido por sus manos y alzado como un hijo. P.F. abandonó su abstracción y recapituló por la indecente sorna de su mejor amigo. Arrojó el cadáver mortal de la mujer a las mismísimas entrañas de la Ciudad. Sus corazones. Sus cientos de corazones escondidos bajo la cubierta de decenas de kilómetros subterráneos.

Engullida por las milenarias llamas, el cuerpo de la mujer se desgarró, esparcida como el éter atmosférico. P.N. reactivó los protocolos de contención y las compuertas de nuevo se sellaron. P.F. se volteó con gracia, presto a retomar su camino hacia lo más alto de la rampa, seguido por su sempiterno amigo y compañero de trabajo.

—Una cosa menos de la que preocuparse.

—Así es.

P.N. le propinó un codazo casual y cómplice. P.F. respondió con una colleja mientras reían para relajar el enrarecido y sepulcral ambiente. Y así continuaron, hasta que P.F., el más romántico y diplomático de los dos, echó de nuevo la vista atrás para contemplar melancólico los palpitantes órganos que mantenían con vida a la Ciudad. Rememoró en una fracción de nanosegundo a la mujer enterrada en los abismos de luz y caos. La rudeza irracional de sus actos. Allí, en lo alto de la rampa metálica construida por humanos y refinada por los autómatas, el androide P.F. juzgó con moralidad cristiana la impulsividad y falta de amor propio asignadas a unas resoluciones vitales tan censurables.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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