El monstruo sin nombre

A la memoria del maestro Edgar Allan Poe, hacedor de quiméricas demencias.

Día. Mes. Milenio. Hora: minuto. ¿Ante o postmeridiem?

Northumberland. Ashford Hall.

Irreflexión en el espejo convexo emplazado sobre la chimenea. Refulgencias broncíneas desprendidas de los sinfines de cristales enmascarados tras aparatosas cortinas de hilo persa. Anhelo espectral sumido en multiformes ensoñaciones mecidas entre las brisas de una atmósfera goteante, entenebrecida por el maridaje entre melancolía y desamparo del anquilosamiento ignífugo, macilento, hipocondríaco, que arropaba las suaves formas de sillones y cojines; de angostos pliegues de telares; y de obtusos ángulos de muebles y pendones. Penumbras. Dulces penumbras entonando con desuello arrítimicas letanías impías al son de las displicencia de sugerentes velas. Llamas diminutas. Reducidas. Espacio ambivalente. Oscuridad silente. Puerta deslizándose. Un corazón delator. ¿Qué relataba Próspero? ¿Qué relataba antes de perecer en la más ignota vesania? Poseído por los miles de horrores que por las noches danzan en el cenit de los altozanos, encontrábame desvelado por la amenaza moratoria de las pesadillas que me aquejaban en mis crepúsculos de histeria. No pude hollar ocaso por el enflaquecimiento trémulo de la inexactitud de mis depredatorias acciones. Deprecatoria depravación que me encarceló en este alfeñique de carne y vasos sanguíneos. Mortificador empecinamiento gradual de mis áridas expresiones metafóricas. Símiles desunidos. Tú, que me lees, ¿qué flagrante quimera he de acometer?

Figura enjuta contrastada contra un punto de luz procedente de un transversal corredor. Negruzca. Larguirucha. ¿Quién será aquél que parca con tan mucho aparecimiento? Incomodidad. Desaliento. Cierre parcial de un libro. Contenido excecrable vedado al par de ojos inquisitoriales de la figura negra, opaca, ataviada como decaído caballero. Desespero.

Alexia.

La figura musitó. Cavernosa voz que reverberó aciaga en su cavidad auditiva. ¡Próspero! ¡Próspero! ¿Por qué escondiste tan infausto deseo? ¡Tu requerimiento tan desbordado! Hojeó tambaleante. La figura extendió su brazo. ¿Qué es? Próspero no escuchaba. Oídos sordos a la Muerte Roja. Premonición reluciente que me fue agraciada en una intempestiva noche de verano, mientras los gallos balaban salmos y los marranos maullaban credos desangelados. ¿Qué es, Próspero? ¿Qué escondes entre tus blancuzcas manos? Una campanada tañida por el reloj de carillón.

¿Cuál es este libro, Alexia?

Reiteró abrupta la figura. Silueta de grave hombre que demandaba implorante el título de la obra que una menuda niña leía salteada a escondidas. ¿Alexia? Rehuyó su férreo escrutinio. Ansioso por desmerecer acciones tan esquivas. Anómalas.

The nameless monster, padre.

Hiato. Su padre se inclinó. Acarició el lomo del volumen. Distraído. Maquinal. Un presagio cimbreante. Elevó sus distantes ojos. Con amarga ojeriza retorció la mueca y con ademán adusto arrebató de sus manos la pieza. Imposibilidad de recuperación y la niña se reclinó en su sillón con ensimismamiento. Sorpresiva reacción. Su padre se incorporó, desplazando celosamente las hojas. Con celeridad, escrutando la vacuidad informalmente poética del tomo tercero de una antología de despreciables cuentos. Fábulas censurables que contaminaban la candidez natural del ser en miniatura que lo contemplaba furibundo. Inapreciable ignorancia la desprendida de su acción apática. Suspiró consternado. Examinaba los grotescos dibujos que se sucedían amorfos y azarosos en el fino recorrido de sus apenas veinte páginas. Como una danza de la muerte, extática manifestación del vano artificio de lo pordioseramente macabro que tanta atracción generaba en las simplistas mentalidades de los que avistan el Fin corporal como un Inicio espiritual descorazonador en la Ultratumba.

Horrible, querida. Horrible.

La niña, como fiambre desenterrado, permanecía erguida, mustia. Rezando a dioses sin nombre que su padre no se afanase tan fascinante obra sin su consentimiento. Añoraba retomar el adecuado examen de unas oraciones tan mayestáticas de enunciados sutiles y serpenteantes simbolismos. Deletérea significación que tanto divertimiento le otorgaba. Su padre se enfocó en ella de reojo, airado en gesticulación. Posicionó el libro bajo su brazo y, distante, apartado, en toda la envergadura de su corporalidad; dirigió a su hija afiladas palabras preñadas de un sibilante entristecimiento.

Alexia, hija mía. No deberías leer cosas… libros como estos. Su contenido es absolutamente reprobable. Degradante. Inadecuado. Existen obras infinitamente más virtuosas. Más intelectivas. Realizadas con mayor esmero y.

Lo sé, padre.

Reciprocidad en un mirada que se prolongó centurias. Alexander suspiró, murmuró infrasonoro, y se volteó, adoleciendo de comprensión. Voy a llevarme este libro, hija. No me gusta que leas cosas como ésta. Se disolvió paulatinamente la cadencia de sus articulaciones. Se difuminó en las insondables tinieblas de las que había emergido como un Caronte, portando entre sus huesudas manos la última díscola alma que Alexia había rescatado de las vetustas estanterías de la biblioteca. Tan sólo unos últimos versos captó antes del arrebatamiento:

En las tierras de Mnar, monstruos sin nombre acechan en las encrucijadas de dorados senderos,

acechando, malviviendo, destripando las esperanzas de miles de aventureros.

Pérfida desdicha atrapado como sino de las calamitosas eras;

sucedidas, aprehendidas, mal vistas por nobles, guerreros y doncellas

que suplican en palacios de cristal

desquitarse de los monstruos sin nombre que suplantan la identidad de estólidos dioses.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

También puede gustarte

A %d blogueros les gusta esto: