Fragmentación

Durante muchos decenios, la indeleble influencia deletérea de las sombras que salpican el encofrado de las paredes del monasterio me ha infundido aviesos temores, enraizados en la hedionda profundidad de mi buena cándida cristiana mente. Florecimiento del desangelado calvario que me repiquetea en las vísceras con un redoble acuoso de tambores ignotos. ¿Cuánto más he de resurgir del cimbreante restallido de la lucidez? ¿Cuánto más he de perecer embaucado por los tentáculos de la Maldad a la que imploro en mis tiempos muertos recubiertos por negro esparto? Mustio. Tuerto. Muerto. Consumido por la extinción del sentido inactivo, inducido en una parálisis mortal por las sugerentes desavenencias del diablillo Arquímedes que resuella, resuella humano malvado, humano degradado, humano inferior que no tomas partido activo en reseca desgracia, perece humano, extínguete. Y yo trato de desoírlo. Trato de fingir ignominioso olvido de su presencia. Mas su aparecimiento es firme, sibilante, silente, serpenteante. Y me atrapa. Yo intento escabullirme con mis potencias puestas en la plena empresa. Sin conseguirlo. Y caigo, lenta, pavorosamente, caigo. Me precipito a las entrañas de un abismo que regurgita de placer, dolor, rezumante consternación. Distancia esquiva y extremidades desprendidas. La carne se disuelve y una efervescencia de humores parte rezumante de la garganta, de insidiosos poros que marchitan en mí lábiles y adúlteras esperanzas.

[Última nota escrita a mano por Auguste de Morphet antes de ser hallado descuartizado por un lobo en los rebordes de las Chleothnuc.]

Doce manos que se retuercen. Doce manos maniatadas. Doce manos acompasadas que tocan campanas. El tonto y el loco. El feo y el hermoso. Bello y malformado. Interior y exterior. Nada queda. Nadie queda. Un lobo pastando en las riveras. Un lobo que aúlla solitario en el cenit del altozano, donde emerge desafecto los estertores pétreos de un castillo atiborrado por las grietas de un pretérito desfigurado. Doce manos que aplauden. Doce manos que se entrechocan. Doce manos que cantan y nadie es capaz de solventar la tormentosa toccata.

[Nota encontrada sobre una lápida en el cementerio de las Chleothnuc.]

Cuentan que, en la colina más elevada de las Chleothnuc, en la que se alza el imponente hogar de los Ashford; habitaba un singular dios pagano adorado por los antiguos pobladores que una vez residieron diseminados por toda la región. A esta deidad se la referencia como «Dios de las colinas» y nada se testimonia sobre ella, salvo unos cuantos fragmentos con inscripciones en una lengua inidentificable.

[Extracto de The Northumbrian Mythology in the Middle Ages and Modern Era por G. N.]

No me esperéis. Iré cuando pueda.

[Epitafio de una tumba ubicada en el cementerio de las Chleothnuc.]

Por la niebla me perdí, por la niebla me vendí, me arremetí y me compré. ¡Por qué habrá tanta niebla nublada anublada sobre los nubosos páramos!

[Verso anotado en un cuaderno, encontrado junto al Coquet.]

Avía un omvre mu apuesto en la entrada de la granga del Sir Robert. Iva vestío asín, con una chaqeta mu negra y mu lustrosa, como si estubiera echa de seda. Le preguntó al Sir Robert qe si poía comprar un par de obejas por doscentas libras la pieza. Pero Sir Robert, más listo que el diavlo, lo rechazó. El omvre desconocío insistió un poco, pero Sir Robert no cedió. Al final, el omvre se fue de la granga con toas las libras. Yo pensé que podría ser una buena oportunidá, así que fui a ablar con el omvre y preguntarle sobre las obejas, que yo tenía cinco. El omvre ablaba de forma mu agradable, parecía que era de Londres, por ese acento tan pedante que tienen los de allí. Le inbité a mi casa y ablamos sobre las obejas. Acordamos que yo le daría dos a camvio de cuatrocentas libras. Estava yo mu contento y me fui corriendo a los estavlos. Cuando entré, descuvrí que mis otras tres obejas se havían comío entre ellas. Sólo quedavan las obejas que daría al omvre. Patidifuso, no me quedó más remedio que entregárselas mientras el omvre sonreía de una forma mu escalofriante.

[Anécdota escrita por un granjero de Whitton.]

Un dwarf me observa. Está cerca de mí, junto al camino.

[Última entrada del diario de un viajero.]

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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