Escepticismo y relativismo

En esta ocasión, el contenido pecará de ser excesivamente personal y meramente subjetivo, muchísimo más de lo acostumbrado en este mar inhóspito e ignominioso. Como es costumbre, tampoco haré referencia explícita a ninguna definición o contenido meramente técnico, centrándome exclusivamente en abordar desde el primas genuino de quien escribe qué puede llegar a ser el escepticismo o el relativismo. Aunque, más que una definición, se acercaría más al apunte que alguien efectúa en una libreta casualmente. De cualquier forma, hay lo que está escrito, con todas sus incongruencias y defectos.

Se puede ser escéptico de miles de formas y sobre miles de maneras. Por Naturaleza, el escepticismo me acompaña desde unos cuantos lustros que ya ni me digno en contar. No te creas nada de lo que ves ni nada de lo que pienses, eso decían algunos filósofos de cuyo nombre no recuerdo en este preciso instante. Quizás fue Hume el que alguna vez citó en un libro suyo tal enunciado, pero no aventuraré demasiado so pena de ornamentar inocuamente el texto. Para concretar, el escepticismo es la no creencia, el no sentir hacía las formas transcendentales. Dicho metafóricamente, el escepticismo es aquella mente que vive sumida en un mundo propio del que sólo es capaz de advertir las sombras cambiantes que se precipitan sobre la pared de la caverna. Esa mente que vive permanentemente atada a unas cadenas de acero de las que es incapaz de soltarse por sí misma, por su propio paradigma soluble, por su no creencia. ¿Qué molestia o curiosidad tiene el filósofo de escaparse a la infinidad y ser cegado por la luz del sol si nada de lo  que percibe existe? De hecho, si el mismo filósofo acudiera el exterior, seguiría pensando que el sol es una sombra. El mundo de las Ideas se convierte en el mundo de penumbras al que le corresponde lo sensible. ¿Color, luz, materialidad? Nada existe de por sí ni para sí. La sustancia no es nada más que una palabra, un logos expelido a la Eternidad que sobrevuela sobre un océano de insignificancia. Pues nada goza de significado ni significante. Son simplemente impresiones, sin contenido. La no existencia.

Entonces, ¿qué se puede extraer de la no existencia? Muchas cuestiones se enmarcan en la fe como excusa. Tanto en la ciencia como en la religión, todo es cuestión de fe y se supedita a las fuerzas mayores sobre la que se sustenta la creencia. Esa creencia que no es nada más que la Idea, un ser tan etéreo e intangible como las pretensiones que defiende con tanto ahínco el escepticismo. De esta forma, se tiene la perfecta dualidad. La creencia y la no creencia. La existencia ficticia y la no existencia ficticia. Pues de la misma forma que a fe aplaca la ansiedad de sus feligreses, el escepticismo satisface las ansias del que prefiere rezar a la Nada de la que no tiene ninguna prueba material. Si los sentidos engañan, ¿por qué lo material y palpable ha de tornarse como máxima inconfundible? ¿Se posiciona fe y escepticismo en el mismo escalón, en el mismo peldaño? Todo se reduce a fe en el sentido más puro de la palabra. Fe en el escepticismo, fe en un ser superior, todo es efecto mental y afianzamiento mental sobre la Idea, sobre el axioma que se intuye, que se percibe y que se asume. Y esas asunciones han de constituir una base, un cimiento sobre el que edificar el monumento del pensamiento. Una serie de pautas, una serie de tesis que sirvan de pilares, de columnas que sostengan esa construcción clásica.

El escepticismo más salvaje arremete contra esos principios. Para él, el cimiento no es nada más que un pantano y el templo nada más que una quimera. ¿Se le ha de quitar razón por ello? ¿Condenarlo al ostracismo como ese ser marginal e incomprendido que pervive entre los restos de los que fingen comprender? No, claro que no. Su interpretación, su estilo de vida es tan válido como lo puede ser la fe más pura, el pragmatismo y el dogmatismo. ¿Es positivo o negativo? La virtud se halla en el intermedio, según Aristóteles. Se ha de creer y no creer en proporciones equitativas y simultáneas. De esta forma, ese edificio feérico se yergue sólido sobre el pantano de la terra incógnita y la Idea adquiere una forma, mutable, pero forma. Pero sobre todo, la construcción se convierte en instrumento y el instrumento en aparato crítico. La crítica como idea máxima. Creo, sin creer. Asumo, sin imposición. Es una buena vía para alejarse del espantoso borreguismo que tanto se critica y adopta como norma en estos tiempos postmodernos que parece que todo intenta romper, pero que nada es capaz de reconstruir.

¿Qué se ha de mencionar sobre el relativismo? El relativismo supone una perspectiva, una actitud que no contempla el bien o el mal, lo que es bondadoso o perjudicial. La acción en sí y las consecuencias que supone para el yo que lo ha efectuado. Yo soy yo y mis circunstancias, como expresión personal más pura del relativismo más auténtico. ¿Qué es la moral para una relativista como yo? En vez de la causa y el efecto,  el hecho, la consecuencia y las implicaciones. Y esas implicaciones, por tener un categorización plausible, podrían escindirse en positivas y negativas. Y absolutamente nada más. Todo es relativo y afecta a todas las esferas de la vida.

Quizás, con este punto de vista la moralidad peligre y la norma social se tope con su máxima discordia. La relatividad es peligrosa según que tipo de sujeto y según que tipo de visión propugne, claro está. Por eso, como en todo, la relatividad extrema supone un pantano incluso bastante más cenagoso que el escepticismo. Yo soy relativo, pero dentro de unos límites racionales que se aposenten sobre puntos viables de la moralidad y la ética, pues sin ellas, el relativismo se convierte en un animal inconsciente que no entiende ni de empatía ni de amor propio.

En el intermedio, la neutralidad, se alcanza la virtud.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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  • Los escépticos incluso sobre la realidad del mundo que nos rodea que son, los existencialistas? Yo no estoy de acuerdo con eso. Fíjate que si yo sospecho que todo es una ilusión, tú tendrías que ser una ilusión mía más, y no creo que estuvieras de acuerdo con eso tampoco xD

    • ¿Por qué no? Siempre he sostenido la idea de que realmente todo lo que nos rodea no es nada más que una proyección mental basada en una experiencia ilusoria inducida y en una serie de elementos corpóreos como personas, animales… Tu estado mental y tu proyección es lo único que cuenta en ese mundo que es particular tuyo, y se supone que visto así podrías alterarlo a gusto. Es una mierda super extraña que me surgió hace años y que para hacer algo cyber o estafar a alguien con poderes extrasensoriales está muy bien, pero no sé.

      Qué más da lo que sean, cada uno se folla la existencia como quiere.

      • O sea que aceptas que tú misma, la que acaba de escribir esto hace un momento, podrías no ser más que una ilusión mía? No de nadie más, algo que sólo yo estoy imaginando? (se supondría que el tipo que sospecha que todo es una ilusión es el único ser experimentante de la existencia) O puede que sea al revés, y soy yo la ilusión…
        No compro xD

        • Jaja! Se me ocurre que el filósofo que se imaginó la psoibilidad era un poco egocéntrico, porque si estaba en lo cierto, todos los demás no eramos de verdad xD

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