El conde sin rostro

La tanatomanía como una fascinación artística.

El conde sin rostro, paupérrimo bellaco, atracó con su destartalado barco en uno de los puertos arruinados de Portulano, rodeado de escabrosos riscos y pendencieros correligionarios, tuertos mucho de ellos por otear con iracunda obcecación las torres blancas alzadas en las cumbres de la Almar’Hatrhim, violácea cordillera de la cadena Hathrhim. A otros les habían arrancado las manos, pillos demonios que zarandeaban las almas de los escasos devotos, aprisionados en las celdas puestas en carromatos que recorrían las avenidas en orientación noroeste hacia la prisión maldita de los rescoldos apodados como Urho, muro que arrinconaba inexpugnable los ídolos envueltos en sotanas grisáceas para disipar los idilios sumergidos en fatigosas delectaciones. Exculpaciones de la consumación advenida por el sacrílego regocijo de los que cometen pecado y farfullan la oración de salvación desdentados.

Aire agitando aterciopeladas cortinas. Descubrió la punta de una pluma. Un folio vacío extendido a la siniestra del libro.

…El conde sin rostro se dirigió a las cordilleras dispuesto a encontrarse con el desalmado que le robó… le robó a su ¿amada?… ¿su carruaje? ¿sus joyas? El conde sin rostro se dirigió a las cordilleras dispuesto a reencontrarse con el caballero X, al que le debía una… El caballero se había debatido interiormente por combatir la maldición arrojada quince años antes por la bruja…

Tachón. Un reglón inferior.

…La muerte había zarandeado los hálitos ulteriores del viviente caballero herido, implorante a la divina mortaja que le permitiese guardar unos últimos rescoldos de animosidad antes de fenecer devorado por el olvido. La muerte le miró fijamente, se rio de él. De su insignificante existencia, de sus banales placeres, de los sueños cercenados por la herrumbre de la predestinación. Consumidos. No vales nada e importas menos, le interpeló la muerte. El caballero en indigna réplica sollozó y sollozó. Burdo gesto que alentó la sorna de la Muerte. Muere. Muere. Muere, repetía la Parca. La muerte será tu última morada. Espacio de belleza inusitada. Hogar de las ánimas, del polvo en que te convertirás, pues tú, funesto, en mal día torciste el camino, acabaste avasallado por una pesadumbre irracional que te dirigió a cometer regicidio y después el suicidio. Muere, te digo, no te aferres al imposible. El caballero descolocó una mueca. Sus ojos se deslizaron hacia las cuencas, de sus pupilas no se rastreaban ni los círculos externos. Su tez se tornó cadavérica, blanquecina, tensa como el cuero, rígida, pero a la vez tersa y blanda. La Muerte sonreía. El caballero se precipitó hacia el suelo, exhortando un último grito mudo, inaudible para los esclavos descarnados que danzaban imbéciles alrededor. Muere. Muere te ordeno. Te exijo que te mueres. El caballero, que encima era muy feo, se cayó directamente sobre el suelo.

Recargó la tinta de la pluma.

No es suficiente…

Un reloj de carrillón resonaba las diez en punto.

No es suficiente… Un poco más.

…La Muerte, sentada en su trono, recibió al siguiente enviado por Caronte. Éste, un simple proletario, un borracho, inculto e ignorante, que extendió sus manos en señal de frívola limosna. A qué has venido, cuestionó con sorna la Muerte. Pero el proletario, rendido por la inopia, alzó un poco más las manos para que la misma Muerte, con discordante abnegación, le tirase a sus mugrientas palmas un par de monedas…

Tachón.

La piel se le desprendía suavemente. Ágilmente. La Muerte sonreía. Clamaba por sus diversiones…

Tachón. Frustración. Cansancio. Colocó la pluma en su sitio y arrugó el papel. Cerró el libro. No se le ocurría nada que fuera suficientemente bueno como para ser narrado. Y estaba agotado. Una diáfana neblina retrocedía en el exterior, tragada por los bosques. El reloj de carrillón anunció las diez y cuarto.

Sobre nosotros Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.