Ella

Uno en todos o todos en uno.

Me pregunto en ningún lugar. En ninguna parte.

Uno en todos o todos en uno.

Un haz de luz enclavado en el núcleo de un continente cerúleo rodeado de columnas verdosas, recuerdos fragmentados de una civilización polvorienta. Ilusiones. Sueños. Aspiraciones. Balizas de una condensada humanidad convertida en un código alfanumérico. Ceros infinitos y unos definidos. Formas geométricas como embajadores de las conciencias, moviéndose y retorciéndose como las luces de una ciudad. Incandescentes en sus mundos circulares y herméticos. Como la individualidad, como la dañina individualidad. Nos desplazamos y quedamos sepultados bajo una catarata de información que desborda al propio planeta material que nos edificó. La Naturaleza mutada en el resentimiento del sabio contemplativo, en la pasividad y el conformismo que sólo puede engendrarse a partir de la noción que se alcanza cuando la perfectibilidad absoluta es patente. Un dios maquinado y dosificado en las tres partes del alma que se fusionan bajo el amparo del Guía. Anxtrium es su nombre. Anxtrium. Nuestro Mesías.

Un shock. Una sacudida. Cables a punto de carbonizarse y una mente aturdida incapaz de procesar los códigos de entrada y salida. Un gemido nocturno y el apagón total. Oscuridad. Una inescrutable oscuridad. Las formas se retuercen y la caverna queda ensombrecida. Un eco, un zumbido en el umbral del infrasonido crepitando como maquinaria vieja en sus tímpanos. La salida y el eterno retorno. El fin y el principio. Ella lo había rechazado de nuevo.

Se despertó entre correosos sudores. Sus castigados ojos enfocaron el halógeno suspendido, que con una mortecina luz, alumbraba el inefable espacio de su destartalado apartamento, envenenándole los ojos con su enfermizo color azul. Azul, como los sueños, como el color de todos aquellos. De todos. En sus carnes, en sus neuronas, las consecuencias de una abrupta desconexión por la terminación de los efectos de los nanotipos palpitaban recientes en su subconsciente y por todos sus huesos. Sus ojos se entornaron, vidriosos, y su garganta se resecó como cualquier desierto africano. Sus manos estaban desdibujadas, desenfocadas por unas pupilas tan dilatadas como la vida de aquellos suertudos del Sector 1.

Intentó articular una protesta, una maldición, un leve improperio por ese desafortunado incidente, pero sus cuerdas vocales estaban entumecidas. Como los encarcelados en el Sector policial, su propia voz estaba disuelta en una suerte de animación suspendida que se le antojaba mortificante. Consecuencias, efectos secundarios, el periplo de un humanista. Dolor y el retorno a una realidad provista de adjetivos entre los que no se encontraba “virtual”.

Se incorporó un poco rebuscando con su mirada la última tableta de nanotipos que se había comprado. No estaba lejos. La percibía. La olía casi. Era suya y la necesitaba urgentemente antes de que la mortalidad se apoderarse de su nublado juicio y volviera a ensordecerlo con el miedo a la Parca y la fragilidad de su espíritu. Necesitaba regresar al Edén, volver triunfal como un caballero después de una sangrienta batalla. Volver. Volver. Volver. Volver. Soledad. Tristeza. Fuera. Rebuscó en un montón de ropa hecha girones. Soledad. Silencio. No quería escuchar más silencio.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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