El dios de las montañas

En la colina más alta de las Chleothnuc dormita una presencia extranjera que burbujea escondida tras las miles de capas terrestres que sepultan su hogar. Un incordio caminar por los senderos colindantes, mientras escucho su intermitente y cavernoso respirar. Una melancólica exhalación cuando las piedras tiemblan y las enmarañadas ramas de los árboles azotan los vientos con presteza. Quizás estén asustados. Temerosos de la excitación de su entelequia.

Ghilrban.

Indagando insufrible en la ociosidad del prístino ser humano errabundo que deambulaba ladero, adusto, angustiado, a través de las plúmbeas praderas de la mortaja. Amargada imbecilidad que le sustenta, le afirma sobre el barro primordial contra el que sus hijos con displicencia se ensañarán. Muerte preciada, muerte preciosa, muerte pantagruélica. Ven a mí, hermosura. Agita las vísceras disolutas que canturrean al espíritu inconsciente del sino sin devenir. Atraídos por la fulguración de las tropelías enmarañadas recubiertas por las ascuas ajadas de la coraza endiablada que me maniata al sarcófago de centeno y hormigón que avisto adusto, perverso, precavido, a través del translúcido encofrado que remata el ventanal del ático. Solísimo me hallo. Neutralidad de expresión, contrariedad de rol. Nada me atañe más que cavilar sobre la posibilidad indeleble de una probabilidad indecible. Incorregible panegírico que repele en mí tamañas quimeras penitentes. Disidentes. Distantes. Turbias. Moribundas. ¿Qué será de mí, maestro? ¿Qué será de mí cuando el buitre me visite en mis estultas horas degradadas?

Nadie sabrá de mí. Ni el dios de las montañas.

Desarraigo de la sibilancia que indaga en mi alma. Acobarda los resquemores que me atezan cuando las guardias personales se rebajan a la categoría de mustios insectos. Revoloteando alrededor del astro marchito, corroído por las implorantes cascadas de barroco óxido que desdibuja tormentas broncíneas, doradas y plateadas. Pisadas prendadas de desagravios. Interpelaciones querúbicas. Desatinos mugrosos. Vicisitudes anacoretas. Trotando en el maridaje de desapego y gracia. Inocua alevosía. Imperfección selvática. Trascendencia inalcanzable. Muerte. Desenfreno. Y un distinguido tic-tac obviando su futilidad. Muerto me hallo en vida, dirimiendo una eventualidad alegórica. Empellón del amargado, envite del filósofo. Malditos sean todos los que me lean.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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  • rafilion

    No ´sé porque pero este en concreto me ha molado. Algún día tendré que meterme de lleno en este género.

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