Desafecto infringido

En un callejón escondí mi corazón. Debajo del cielo. En la manta que resguardaba una alcoba.

Nunca pude reencontrarme con mi corazón. Mi angustiado corazón que tanto desánimo me insuflaba.

—Anónimo.

Asín habían un vagabundo que me miraba muy mal desde la esquina diestra del centro comercial. Me remiraba el condenao como si le debiera algo. Pero yo nunca le hablé. Ni le menté palabra que fuera más allá de un hola y adiós cuando nos metimos un encontronazo en el callejón lateral. En un callejón desos que están a la siniestra del centro, donde muchas cajas se apilan encima de una furgoneta. Esa furgoneta blanca que una vez con mala intención intenté puntear pá irme a otro lugar. Pero ná. Me quedé en el mismo sitio con un dolor de espalda insufrible. Y ese maldito compadre no paraba de mirarme. Lo peor de todo fue eso, que el hijoputa no se detenía a mirar otra cosa que no fuera un pobre labriego como yo. Hastiado de tanto tanto trabajar en el mismo sitio pá ganarse menos que un jornal normal. A lo mejor quería que le diese algo. Yo que sé, una parte de mi paga. Algo de comida. Pero como me miraba tanto y no paraba de mirarme, un asco y repudio se engarzaban en mis pensamientos. Se quedaban ahí tó enquistaos porque el puto desaparrao ése se quedaba mirándome en el mismo sitio como si yo fuera Cristo, un apóstol, o yo qué sé que puta mierda. A saber en qué coño estaría pensando ese zopenco.

Total, que un día, tó cansao de que me mirase, me acerco a él, que estaba parao en la misma esquina del centro comercial. Le entro con un hola y el hijo de puta solamente me vio to pasmao, sin pronunciar ni una palabra con su delgaducha y negra lengua. Un silencio mu incómodo entre nosotros, y me harté tanto, que no pude frenar el impulso de soltarle un hostión que casi rompe los vidrios del centro y las casas de alrededor por su resonancia. La cara se le quedó marcá, muchísimo. Pero el tío seguía mirándome con sus ojillos negros o marrones. Inexpresivo. Con la cara fláccida, atería por el frío que siempre hace por la tarde. Repulsión es lo que me daba, y un poco arrpentío de haberle dao un puñetazo a ese desgraciao me di la vuelta y seguí mi camino. Pá regresar a mi puesto de trabajo como vigilante de unos almacenes que a punto estaban de quebrar.

Estaba yo mu perdío en mis reflexiones cuando sentí que el mismo vagabundo me había seguido un trecho del camino. Al voltiar una esquina, me quedé quieto unos instantes pá que pasar el vagabundo y pillarle ipsus factus. En fin, que el vagabundo asoma cabeza y le digo ¿qué demonios quieres de mí? A lo que me contesta con un simple nada.

Nada. Sólo quiero mirarte.

No quiero que me mires, amigo. Márchate, que me cansas mucho y te estás rifando un hostión que te cagas. ¡Vete antes de que me cabreé!

Pero el pavo, ná, en sus treces. Mirándome y mirándome sin más. Sólo había soltado eso y na mejor ni más agradable comentó. Puse mala cara, le levanté la mano y le empujé un poco. Pero ná. Ahí estaba el maldito. Mirándome to tieso y quieto como si estuviera poseído, o absorbido, o vete tú a saber qué.

Enfadao, le empujé otra vez confuerza pa librarme de él y me fui corriendo como una liebre atravesando el callejón, la calle, las avenidas. Tó lo que se me puso en el camino hasta llegar a mi ruinoso apartamento. Allí, exhausto, me tumbé en el sofá y me encendí un cigarrillo. Como era habitual, puse la tele de fondo pá distraerme mejor. Me encontraba bastante mal. El encuentro con el vagabundo se repetía en mi cabeza con exasperación. No podía quitarme la imagen deshecha del mismo, pero sobre to su pútrida mirada. Una mirada perdida en el vacío. Como si estuviera rezando en silencio, imploriante. No podía evitar sus dos ojos marrones o negros enclavados sobre mi nuca, sobre mi cara, sobre mi cuerpo. Daba vueltas en el sofá del desprecio y la aprensión que me entró. Consternao me bebí esa noche tres botellas del tirón y acabé tirao en el suelo. Cuando me desperté el mismo día de mierda y miré con cierto miedo a través de la ventana. Me sorprendí porque no había nadie. Nadie. Estaba tó vacío. Ni el vagabundo mirándome, ni ná. Solo. Me alegró mucho y salí raudo de mi casa para regresar a mi trabajo. Mu contento estaba yo. Me importaba una mierda que el jefe me gritase o que mis compañeros se burlasen de mí. Estaba to contento y nada más me importaba.

Pero, entonces, sentí un vacío. Un vacío mu grande que me roía por dentro. Sentía que necesitaba algo en mi interior. Algo que de repente había perdido pa siempre y que quería volver. Lo necesitaba urgentemente, pero no sabía qué era. Total, con una angustia mu grande en mi ser, quemándome por dentro como si me incineraran, retornó con diligencia a la esquina diestra del centro comercial pá buscar al vagabundo y ver si aquello era la fuente de mi desazón. Estuve cuatro horas durante la noche, pero nadie más apareció. Me tumbé en el suelo mirando las estrellas. Mirando cómo se estrellaban y cómo danzaban en sus mundos ajenos al nuestro. ¿Alguna vez ha tenío la sensación de empequeñecimiento que le sobreviene cuando otea el espacio? Estás to el día pensando en ti mismo, mu egocéntrico, pero entonces miras el universo y se te pasa. Porque importas una mierda realmente. Todo el mundo siempre feliz, siempre alegre. La gente depresiva como yo es mu rechazada. Pero me voy. En fin, que miraba el espacio y se me ocurrió la idea de girar la cabeza pá ver los apartamentos de enfrente, donde estaba mi hogar.

Con tanta buena fortuna escudriñiaba el bloque, que topé con un hombre que cenaba a solas. Me interesó verle mu volcado en comer que me quedé en el sitio ensimismao. A medida que avanzaba la noche, que despuntaba el amanecer y el día, no paraba de observarlo a través de la ventana. Desayunando, almorzando, escribiendo en papeles. Sentía un placer mu grande, como si quiera que yo fuera aquel hombre. A fin de cuentas, su vida era mejor que la mía y yo muchas veces había querio desaparecer. Así que con determinación me quedé en el sitio mirando al hombre que me hacía sentir complacio.

Con el paso de los días, perdí mi trabajo. En mi casa la mierda alcanzaba el techo. Yo estaba maloliente, harapiento y sucio. Pero na me importaba. Yo sólo quería ver al hombre. Me olvidé del vagabundo y de mis penurias mentales. Tó estaba bien y no necesitaba na más. Entonces, me llegó la desgracia. El hombre se mudó y el apartamento se vació. Triste, esquelético, compungio por la pérdida como si fuera el abandono de un hijo, me quedé sin moverme del sitio otros tantos días hasta que fenecí de inanición y devorao por las ratas.

Recuerdo que tiraron el cuerpo a una cloaca y no se supo na más de mí. Y ahora estoy en un espacio neblinoso. Como un purgatorio. Solísimo. Sin saber qué hacer. A veces ando por el espacio rebuscando al vagabundo que tanto divertimento me ofrecía con su mirada.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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