Cabezonería anticapitalista y discurso sobre la exención de responsabilidad

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Con la certeza de que su padre fue cómplice e instigador del proyecto, la ruina disminuye su aceleración.

—No hay nada peor que legitimar la inutilidad, ¿no cree?

—Podría ser. No lo niego.

—Mi experiencia —inhaló— es imposible que peque de precaria. Si legitimas la ignorancia, la necedad, la tontería —exhaló—, te abocas a la abulia de la desesperación. La abulia te corroe. Te descompones reflexionando que quizás, sólo quizás, podría haber sido mejor. ¿Y al final que te queda? Nada. Repito. Nada. Salvo consternación, tormento eterno y lloros nocturnos escondido en las esquinas más sombrías de la alcoba.

—Qué tétrico, padre.

—¿Tétrico? —hiperventiló— ¡Más tétrico es zambullirse en el desastre total pensando condescendientemente que tus actos fueron provocados por otros! ¡Que el entrometimiento estuvo justificado por la ordenanza! No hay nada peor, Bedlenton, que eximirse de la culpa en el cometimiento de los actos propios y volitivos.

—Más católico que de costumbre, le veo. ¿Acaso cree cambiar de confesión?

—¡Jamás! Pero no negaré la certeza que se enmascara detrás de esta erudición. Verá, a veces me da por pensar parcamente en cuestiones que observo del mundo, y ayer por la noche alcancé estas conclusiones. Tercié que exonerarse de un crimen argumentando que fue dictado de otros es más deleznable que directamente incurrir a la vileza. Porque con el primero el hombre se presenta como buen hombre y existe en el peor de los estados ilusorios, pues se conforma con la precariedad espiritual, autocomplaciente y compasiva de que fue asunto de otros, sin enfrentar directamente el error, como un cobarde. En cambio, el segundo es consciente de su descenso a los Infiernos y le resulta agradable el viaje. El primero es un ingenuo que deambula por nuestras tierras con media sonrisa de bobalicón, mientras la sombra de la penuria y del caos se propaga al son de sus andares sin control ni sapiencia. El segundo sabe qué tipo de dicterios articular y dónde arremeter para atentar, pues la malicia le guía y su maldad está encauzada. Pero, ¿y el otro? ¡Pobre inepto!

—Creo que, de una forma u otra, todos hemos buscado esa tercera persona con la que justificarnos. No sentirnos tan mal por haber hecho cosas malas, reprobables, o como quiera calificarlas, padre. No hay ser vivo que no lo haya intentado. Quizá no es tan malo como usted lo pinta. Quizá sea una forma más de supervivencia. No todos vivimos igual y en las mismas circunstancias.

—Qué mediocre forma de pensar, Bedlenton. Prejuzgaba que usted era más lúcido, no tan mediano. Bueno, dejemos de parlotear como dos marujas. Tengo que atender unos asuntos sobre finanzas de la Iglesia. ¡Los rastrillos están cada vez más vacíos y no hay cristiano que mantenga este montón de piedras dignamente!

—¿No le financia ninguna entidad privada? Es un buen momento…

—¡Jamás! Prefiero que el crucero se me caiga encima y me aplaste que rebuscar las limosnas de un montón de empresuchas que sólo se comprometerán por interés y publicidad. ¡Que les den! Mientras yo siga aquí plantado, nadie profanará el santo templo de Cristo, ¿me ha entendido?

—Perfectamente. Lo sugería porque un priorato del Coquet está siendo financiado por la fundación de los Ashford.

—¿El priorato cerca de Rothbury! ¡Ja! ¡Esos monjes son unos cicateros! Se ve que los billetes impresos con la cara de Su Majestad les pierden y están dispuesto a meterse en cualquier barullo para conseguirse un buen estipendio. Hágame caso si ha escuchado cualquier rumor: a esos monjes les financian porque no hay ser humano que se atreva a organizar el sindiós que tienen los Ashford montado en su biblioteca y archivos. Con tanto libro que ni se habrán leído. Esos monjes están ahí para suplantar las labores de los archiveros que antes había contratados. Al parecer los monjes siempre piden cuantías fijas, van en silencio, su desempeño es excelso, sin desviarse ni un ápice, y nunca se quejan de las condiciones. En cambio, ha habido ciertos roces con el bibliotecario y archivero que antes estaban. Pero no sé más. Sólo que esos monjes son todos una panda de avaros que estarían dispuestos a fregarle el suelo de los salones con la lengua a los Ashford por un fajo.

—No les guarda mucha estima.

—Para nada. Bueno, será mejor que me marche. Suficiente tiempo estoy perdiendo con usted. Hasta el domingo.

—A veces es brusco y mezquino.

—Al menos no le pido a dios que me exculpe de mis maneras como los católicos.

—Buenas tardes.

Sobre nosotros Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.