Anotaciones sobre el cyberpunk

Resulta curioso como un género como éste se ha apropiado de términos tan grandilocuentes y singulares como «transhumanismo», «ciberespacio» e incluso «deshumanización». Más curioso resulta todavía, que estos sean los pilares sobre los que se alza su aparatoso edificio, un intrincado complejo de decadencia versado con profusión en el dueto alta tecnología-bajo nivel de vida. Así, la tecnología que tanto nos invade y se perpetra acaparando cada resquicio de la vida humana se convierte en objeto de adulación, de profunda adoración y de sinapsis con la carne orgánica tan despreciada por muchos filósofos. Es decir, la sustancia del cuerpo se manufactura de titanio, quedando como un hecho ajeno, un accidente, la cubierta carnosa y sanguinolenta que hasta hace muy poco sostenía el cuerpo mortal de los ciudadanos de por aquí.

¿Evolución? Con un vistazo general se podría interpretar de esta manera desde el punto de vista estrictamente científico. Pero, ¿y desde el natural? ¿Son naturales los aumentos, los implantes, las conexiones cerebrales y el alter ego que recorre las relucientes avenidas del mundo ilusorio que es la Matriz? ¿De verdad nos merecemos algo así? Lo que sé es que absolutamente nada es seguro, ni cierto. Una hipótesis que se arrastra como una serpiente por los párrafos de cientos de obras que arguyen y se contradicen al respecto, aportando una visión personal y única, muchas veces unánime, acerca del oscuro futuro que se cierne sobre la ingenua y devastada de vanidad que es la humanidad.

Oh, sé que eso ha sonado muy romántico. Pero quizás, como un acontecimiento cotidiano, el egocentrismo es un rasgo inalienable a la humanidad, intrínseco de ella y absolutamente inalterable como la naturaleza humana de Maquiavelo. Por eso, la decrepitud que desde mi ventana es vista, resuena como un eco, como un clamor lanzado cientos de veces en coincidente y diacrónico momento respecto al infausto espíritu que anima el núcleo primordial del cyberpunk. O por lo menos, en aquel cyberpunk degenerado que es absorbido por las estructuras de este cruel mundo, convertido en aquel Mesías incomprendido que desde un callejón oscuro y olvidado profetiza un fatum tan horripilante y enigmático que los pocos transeúntes que lo alcanzan a vislumbrar y escuchar sus palabras quedan prendados de su discurso; sintiendo en lo más hondo, a la vez, un profundo asco y pavor cuando fantasean con el hecho transmutado en realidad.

Pues, cierto es que el cyberpunk es tan sumamente atractivo como un buen implante de última generación recién engarzado al cuerpo con un encaje certero. Tan atractivo, que casi podría ser un demonio. ¿Acaso no hay nada mejor en este universo que imaginarse y dilucidar mentalmente sobre la destrucción y el caos en sus cotas más elevadas? ¿Destruir aquello que supuestamente debería ser prometedor y recto? En cierto modo, todos queremos ser un vaquero antisocial que se tambalea de bar en bar como el detective alcohólico de una novela negra. Por lo menos, eso es lo que consigo entender cuando desde el balcón de mi recluido apartamento observo a los paseantes, a mis conciudadanos. Defenestrados por el mundo que una vez idealizaron, pasean corroídos y consumidos por la embriagadora tecnología y deshumanización del cyberpunk que tanto adoraban. Resecos, en un nuevo plano irreversible donde los antiguos prejuicios han intercambiado las formas y se revisten de croma.

Y es en esto último, donde el cyberpunk que me rodea resulta harto interesante. Partiendo del enunciado alta tecnología-bajo nivel de vida, el cyberpunk puede derivar hacia la problemática de cuál es el impacto de la tecnología en el hombre y el medioambiente. Cambios biológicos, fisiológicos, genéticos… Parecen temas peliagudos en los que no convendría entrometerse. Aunque, ¿sabéis qué? El cyberpunk lo hace. Se mete de cabeza en estos temas partiendo de una base ficticia fundada sobre una realidad y, no sólo eso, sino que los aborda desde un prisma tanto más complicado que enumerar una simple lista de alteraciones y mutaciones génicas. La metafísica. ¿Es tan sencillo describir algo que puede parecer tan simple? Si tanto se reitera y debate, desde luego que no.

El cyberpunk en este aspecto es extraño. No contento con arrojar sus personajes a lo más hondo de la decadencia del mundo industrial y tecnocrático, los sume en una espiral de impersonalidad moral y estancamiento espiritual a partir de los cuales comienza a concebir una personalidad, una identidad, que se manifiesta de las más diversas formas; a partir de los más diferenciados pormenores y siempre con la vela mayor de la deshumanización, la decadencia y la degradación permanentemente izada. Y no sólo eso, la sensibilidad natural, el puro sentimiento y la emoción más primordial combaten en enzarzados en un duelo múltiple y multidireccional en el que nadie resulta vencedor.

Por así decirlo, la máquina y lo humano se fusionan; se emparejan en un engendro insólito resuelto a descubrir el verdadero terror subyacente bajo el tesón de cientos de capas sobre los que el presente adquiere consistencia. Como si fuera un Maestro de la Sospecha, la infraestructura es lo que finalmente dota de significado a una superestructura posible, siendo aquí donde radica el horror de este género. En la posibilidad. En la probabilidad. No hay nada más aterrador que un posible que un probable. En lo posible los parámetros con los que tanto se juega en cualquier medio son el testimonio de un futuro que puede suceder, que es visible y tangible. ¿Cuestión de divagaciones y profecías? Como dijo William Gibson, suficiente mierda presuntuosa hay en el mundo como para encima hacer mala praxis y convertir el Edén de lo peor del ser humano en un canal de Astrología.

El cyberpunk no predice absolutamente nada, tampoco hace de abogado del diablo. Simplemente expone un hecho, una realidad, sobre el que se argumentan una serie de cuestiones que abarcan todas las absolutas esferas de la vida, desde lo más íntimo hasta lo superficial; a partir de múltiples puntos de vista y una interpretación completamente libre. Nada más. Que esa realidad sea posible queda referido a la capacidad fundamental del género de servirse de la misma realidad y la documentación del presente para conjugar su propio futurible presente. Pura especulación, pero una especulación no tan bonita como lo podría ser en otras corrientes de la ficción.

¿Es el Cyberpunk el mejor género inventado? Siempre diré: absolutamente despreciable.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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