Ácido #1

El aerodeslizador sucumbió bajo el chapoteo de un torrente ácido anaranjado. Los metales se doblaban, succionados y volatilizados. Una letanía industrial acaparaba la rancia atmósfera de una sala cuadrangular, aséptica y destellante; agrietada en sus esquinas, cruzada por cientos de gruesas vigas de hormigón en su cubierta. Conectores, cuentos de decenas de conectores se agolpaban en las paredes en hileras de docenas, veintenas de orificios a los que cables como anacondas fosforescentes se conectaban férreamente como sanguijuelas a la carne.

Los vapores del aerodeslizador derretido se despedían absorbidos por una turbina tan inmensa como la superficie del cubículo. Oscilando, levemente, en un vaivén indemne, inalterable, ajeno en actuación y pensamiento como el hombre que se guarnecía debajo de un escritorio metálico anclado contra las planchas de la pared. Inhalaba entrecortadamente mientras sus ojos sintéticos enfocaban formas singulares y casi cósmicas en el espacio universal. A solas, muerta de frío y calor simultáneamente por sus sensores estropeados, había tratado de moverse, pero le era mortalmente imposible. Había tratado de gritar, pero sus cuerdas vocales no entonaba sino una articulación infrasonora e inhumana. Había tratado de aullar en la Matriz, pero la estática muda y permanente de una negrura insondable era reflejo de su aislamiento.

¿Quién es este hombre? ¿Por qué se encontraba en semejante situación? Habría que remontarse a los Ramales, cuando hace 40 años quiso sustituir sus partes orgánicas por otras de aluminio y titanio recién pulido. O quizás habría que retomar los cinco últimos minutos, cuando otros aumentados, superiores en generaciones, le arrebataron su transmisor para después deshacerse de él como una carga insulsa en un basurero de procesamiento de chatarra. Chatarra- ¿De verdad creéis que merece alguien como él convertirse en chatarra? ¿Un ciudadano cualquiera de la Ciudad que sólo estaba ateniendo su oficio? ¿Un ordinario trabajador de un taller de reparaciones de la policía que en una mala jornada se había entrometido en las turbias ilegalidades de una organización criminal? ¿De verdad se lo merecía? Por gente de su misma condición, apaleado y descuidado en ningún lugar. Estoy seguro, segurísimo, de que alguien así no lo habría merecido. ¿Acaso alguien sabe cuál es el verdadero trasfondo? ¿Los trapos sucios de ese pobre desgraciado? Apostaría lo que fuera a que no, pues en la Ciudad, la información nubla la vista, desborda los canales y aflora en las mentes como las plantas en primavera.

Pero a nadie le interesa. ¿A quién le interesa la vida de un ordinario aumentado? ¿Lo salvarías? Desde luego que no pensó el joven que, trastabillando por los conductos de ventilación para agenciarse algo interesante con lo que ganar un dinero extra, se topó con el réprobo en aquella enrojecida sala. Sólo muy al principio se le ocurrió prestarle su ayuda. Tan decrépito, tan sucio y anquilosado, con su botones descosidos, su cara tuerta y sus brazos desparramados sujetos por finos cables de cobre al descubierto. Horrible. Repugnante. Curioso.

El joven, hombre o mujer, se escabulló por las rendijas y acudió en su auxilio. No portaba herramientas mecánicas suficientes, aunque no fuera impedimento para agraciar su soledad con un precario sustento emocional durante los últimos segundos de su vida, antes de que el ácido candente del pozo central ascendiese gorjeante para tragar los trastos defectuosos que anidaban a su alrededor como un cinturón de asteroides.

Antes de proceder, se aseguró de que tuviera impreso algún código de barras que indicara procedencia o posición. Nada. Únicamente aquella molesta protuberancia sobresaliente por la inserción del chip reglamentario subcutáneo. Si tuviera escáner, podría rastrearlo. Si tuviera. Acarreaba con lo puesto, ropa barata de plástico y un reloj con el foco holográfico roto.

Estás jodido, quién seas, afirmó en un murmullo antes de erguirse para buscar el accionador de la puerta tanteando con sus pequeñas manos la hoja de acero. Muy jodido.

El aumentado, escuchando embotado y llorando negro aceite, resopló entre dientes probando a mover uno de sus músculos. Uno solo, mas le fue tarea harto dificultosa. Deprimid, sucumbió de nuevo con inercia a la vez que el joven se esfumaba trotando como un potro. El repiquetear de sus suelas, la reverberada fatiga de su respiración. El deleite de su melodía final. Antes de morir.

El ácido se elevó. Intransigente, ecuánime, irrefrenable. Como el éter irrespirable despedido por los ventiladores de las murallas, regurgitaba cubriendo las paredes con un denso manto acuoso como la sequedad del humor vítreo de sus sintéticos ojos. Preocuparse por llorar, qué tontería. Pero ahí estaba, sollozando desconsoladamente. Se convertiría en cenizas, en vacuidad existencial. En qué momento, en qué momento, alguien tan corriente…

El ácido se precipitó con solvencia por las paredes metalizadas, parsimoniosamente. Sus piernas ardieron. Sus sensores estallaron. El alivio de la apatía. Letal e inexorablemente el ácido combustionó hasta el más diminuto átomo de su ser.

Entrada de diario: J. K. L.

14 de Silicós, Mertell. 21X?*^@

Querida hija, ¿Dónde estas? Llevo cuatro días buscándote por el norte 6 y nada. Se que aquellos hombres malos te secuestraron y que ahora estas en un lugar desconocido y sombrio, pero no me dare por vencido. Mi querida L*@#Rt, te encontrare, lo juro.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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