19XX

Los neones sobrepasaban los límites lumínicos de la vida y el olvido. Las gentes salpicaban las negras aceras y las corroídas avenidas. Miles de conectores, transistores, convertidores y cables se enmarañaban y fundía como serpientes perpendiculares a lo largo de los habitados bloques por vagabundos demacrados o impredecibles despojos violentos, cubriendo la plenitud del monocromo Eterno, suspendidos como lianas en esa jungla tecnológica conocida como la Ciudad. Los vientos corrosivos aullaban, ¿o bramaban?, encarcelados en los laberínticos callejones del Sector 4.

Este panorámica de vaga decrepitud eran observada por una dramática figura apostada detrás de una empañada cristalera. Una figura que se cuestionaba vehementemente la persistencia de una cordura atrapada bajo la engarfiada y metálica mano de lo locura. Una cordura sepultada bajo la dulce retahíla incongruente y superflua de futuras y pretéritas redadas policiales, traficantes de los barrios bajos, quejas inocuas de impagos y el hambre depredadora de compañías y máquinas. Cómo despreciaba ese mundo. Cómo desprecio a la Ciudad. Sí, la Ciudad. Ese ser que se alza como un ente represivo a la conciencia. Una baliza conectada a las mismísimas negras raíces de las entidades que la levantaron que se prolonga a todas y cada una de las almas acomplejadas y sumisas que, entre miramientos y suspiros, malviven vendiendo los vestigios deplorables y obsoletos de la maquinaria que una vez les robó su esencia en favor del progreso. ¿Progreso? ¡Maldita sea la estampa del progreso y los miles de créditos malgastados en él! ¡Malditos sean todos! ¡Maldita sea la realidad polarizada en la que vivo!

Destapó otra botella de whisky, sirviéndoselo con lentitud en un vaso de plástico. En tal acto, notaba como sus huesos habían empezado a ceder en una suerte de artritis incurable. Incurable. ¡Ja! ¡Incurable para un pobre loco como yo! Por suerte, su mente se mantenía intacta y con ella su memoria, al igual que su tesoro más preciado: la vista, o eso creía. En un mundo visual y prendado de sonidos, era difícil entrever cuál de los dos era más importante: si la memoria o la vista. Si perdía la visión, podría buscar a uno de esos cirujanos expulsados tan populares cerca de los puntos de acceso de los sectores. Si su memoria se bloqueaba, gozaría de la misma oportunidad gastando más dinero. Pero tal idea le repugnaba. Le repugnaba la frivolidad de la sustitución de las partes no funcionales. De la materia orgánica. Y sobre todo, del nuevo concepto de memoria. La memoria de un pasado completamente borrado… La memoria de un pasado que se personaba como un fantasma más allá de los translúcidos cristales susurrándole secretos innominables.

Las notas de una caja de música terminaron su vals, reverberando sus acordes en las tintineantes lámparas y voluminosos libros. Él era lo que antaño se conoció como un académico, un erudito de las letras y la buena Historia. Ahora, en ese ofuscado presente, era poco más que un loco ermitaño aprisionado por su propia voluntad en un estudio raído acompañado silenciosamente por sus cientos de enciclopedias vetustas y descoloridas. No me arrepiento, se decía a sí mismo una y otra vez. Ellos han perdido el valor. Sus valores… Su humanidad. Son patéticos. Murmuraba imaginándose como un clásico filósofo vestido con su toga blanquecina que impartía con voz profunda sus discursos en algún partenón de la vieja Atenas bajo la atenta mirada de dioses tan mortales como la carne y una perfección matemática ilustrada en capiteles corintios. ¿Quién recordaba a Atenas? ¿A sus dioses? ¿Qué fue de las historias y guerras de la antigua Europa? ¿Qué fue de Europa? Raptada por el multiforme y sanguinario espectro de ojos electrónicos. Todo convertido en un espectáculo de burdel a merced de los patricios…

Su visión se nubló. Un resquemor interno. El proceso acelerado y el salvajismo de una sociedad tecnócrata basada en maquinaria asesina y avances progresivos dirigidos a la obsolescencia, solapados por otros encaminados al mismo fin engullía sus entrañas de rencor y asco. Asco por la pérdida de absolutamente todo. De la identidad colectiva. Si osaba adentrarse en los confines megalíticos y oxidados de la Ciudad tan sólo hallaría muerte, caos y enfermedad terminal. Tantos siglos de descubrimientos… Como los cambios dialécticos de Marx, el mundo se sumergía en un uroboros en el que cada nuevo escenario postraba al hombre ante nuevas épocas de oscura y renovada intolerancia y podredumbre. La Ciudad lo representaba a la perfección. El monumento huesudo de una terminación implícita. El narcisismo de una especie abocada por su propia ingenuidad al desastre.

Su enmarañado pelo lacio resaltaba las arrugas esculpidas en su rostro, laxas y oscuras, como los tendones que mantenían erguido ese cruento mundo. Dejó el vaso encima del escritorio y se acercó a su estantería personal.

¿Cuál era el verdadero nombre de la Ciudad? Xendiran: apreciación general de estructura y maquinaria. En sus primeros capítulos hacía referencia a un emplazamiento majestuoso ubicado en lo alto de una planicie inhabitable. Era imposible que ella fuera Xendiran. Imposible. La República, el Anticristo, el Capital, el Antiguo Egipto, Babilonia, Sumeria, el Imperio mongol, los Carolingios, Reyes, Zares, Nerón, las Guerras Médicas, la conquista de Constantinopla, la Revolución rusa, las Guerras napoléonicas, el feroz colonialismo decimonómico, el descubrimiento de América y la caída del Imperio chino. ¿Qué había sido de todo eso? Enunciados, fechas y acontecimientos ajenos a la cúpula lisa y corporativa de la Ciudad. Nadie oyó jamás de las conquistas de Roma y mucho menos de la Revolución industrial que abrió el camino para alcanzar el mundo encasillado y malévolo en el que existía. Todo había sido anulado o censurado, como aquella prohibida novela cuyo título eran números…

En la Ciudad, los monumentos eran los rascacielos y las corporaciones los nuevos Mesías. Los vestigios del pasado deambulaban por los Ramales en forma de ancianos sin techo. El Arte se manifestaba en pintadas obscenas coloreadas sobre muros y habitaciones. La Literatura se resumía en un círculo de revistas semanales electrónicas sobre los trapos sucios de directivos y divas inexistentes. Las laureadas óperas de Mozart y Wagner eran sustituidas y marginadas por una cadena de sonidos estridentes a partir de bases rítmicas aleatorias y vacuas de propósito y mensaje, siguiendo la estela de enfermos dictámenes de moda y regímenes empresariales. Así era la Ciudad, y mientras siguiera renegando su pasado, nada cambiaría.

Se sentó en su descolchado sillón tapizado. Apoyó sus cansados brazos y miró el techo. Era el último. El último de su especie. El único con los cojones de contrariar la Ciudad. Por eso, su única misión en la vida era encontrarlo. Encontrar a su digno sucesor. ¿Estaría igual de condenado que él a la negación social y el claustro perpetuo? No lo sabía y tampoco le importaba. Era una necesidad que rozaba la obsesión y que era agravada por su mediana edad y el aire viciado de las turbinas que arrasaba sus pulmones con cada nueva aspiración. A diferencia de Carlomagno y Vercingétorix, su persona sería inmediatamente empujada a un abismo oscuro y raquítico junto con el resto de cadáveres famélicos arrastrados por las alcantarillas de la Ciudad. Convirtiéndose en polvo y un tenue rastro de cenizas…

Por eso, mientras viviera, juró que proseguiría recabando los pocos libros clandestinos disponibles. El rectorado de la Ciudad había prohibido y clausurado cualquier tipo de documento escrito referente a épocas pasadas. ¿Guardabas libros? Eras llevado de inmediato al Sector Policial Tau, no el peor de todos; por contra, a pocos pasos de Omega. Sólo con imaginarse las consecuencias se ponía a temblar. Con un pañuelo con las iniciales T.L. se secó el sudor de la frente. El tiempo apremiaba. Ya estaba todo dispuesto y planeado: ocultaría bajo llave todos sus libros, recogería sus pocos enseres y marcharía por las avenidas a buscar a su acólito. No tenía ni la menor idea de quién sería, chico o chica, joven o viejo, pero, su empresa en esta marchita vida era localizarlo. Exhaló una bocanada entrecortada y encendió lo que sería su cigarro final. Tosió con las primeras caladas.

—El último de todos. Lo prometo…

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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  • TheMarkusBoy

    Creo que esperaré a que acabes la historia para leerla toda del tirón xD

    • Puedes ir leyéndolas sin problemas. Cada una de ellas son independientes y no te pierdes nada si te las lees en el orden que te dé la gana.

      Sólo me quedan por subir cinco y con eso acabaré el recopilatorio de Génesis Ciudadano.

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